sábado, 6 de febrero de 2016

Gustav Klimt, rebelde con causa

Gustav Klimt (Viena, 1862-1918) es uno de esos artistas que, a golpe de un simple vistazo, sabes que una obra es suya. A pesar de comenzar con un estilo hiperrealista marcado por los cánones de su época, es reconocido y recordado por su simbolismo, por utilizar pan de oro en sus pinturas y, por supuesto, por las mujeres, esas que fueron inmortalizadas en sus lienzos a la vez que pasaron a engrosar su lista de amantes. Pero empecemos por el principio.

Gustav nació en Viena en 1862; fue el segundo de seis hijos, fruto del matrimonio de Anna Finster (una cantante de ópera que nunca triunfó) y Ernst Klimt, grabador de oro de origen bohemio, quien inculcó a sus hijos varones la pasión por ese mundo. Al cumplir los catorce años, Gustav ingresó en la Escuela de Artes Aplicadas, donde, entre otras cosas, aprendió a crear pigmentos para pintar, realizar mosaicos y trabajar con metales. En esa misma escuela también  estudiarían su hermano Ernst y Franz Matsch, con quienes formó la “Compañía de Artistas”, la cual se ciñó al estilo hiperrealista e historicista propio de la época, en donde la armonía y el adormecimiento creativo predominaban en un arte correcto y sin sobresaltos.

Medicina (1894)
A pesar de los éxitos de  la Compañía (entre los que cabe destacar la bóveda central del Burgtheater de Viena, por la cual Gustav recibió la Orden de Oro al Mérito y nombrado miembro honorario de las Universidades de Munich y Viena), tras la muerte de Ernst Klimt, la asociación se disolvió debido a las diferencias artísticas entre Matsch y Gustav, lo que vino a ser un divorcio artístico en toda regla.  La admiración que el Círculo de las Artes sentía por Klimt  no duró demasiado porque el artista comenzó a alejarse del camino aceptado por los críticos: no quería ser un cronista más. Eso le supuso ser objeto de todo tipo de críticas y de censura.

En 1894, Klimt se hizo cargo del que fuera su último encargo público: tres paneles sobre la Filosofía, Medicina y Jurisprudencia para la Universidad de Viena, encargo que le colocó en el punta de mira del círculo de las artes.  La razón inaccesible que plasmó en su Filosofía, la muerte y el sinsentido de la vida en Medicina y las tres femmes fatales vengándose de un viejo desnudo y vulnerable, no fueron interpretaciones aceptadas por los críticos ni por el público, cuya imagen de las temáticas era bien distinta a las expuestas. Tal fue el escándalo y la polémica que levantaron sus obras, que fue llevado al Congreso y acusado de pornografía y perversión. El artista se negó a que sus pinturas fueran llevadas a la Galería de Arte Moderno, ya que se acordó que esas pinturas no eran adecuadas para la Universidad. Sin embargo,  antes de aceptar ese traslado, prefirió comprar su propia obra al Gobierno (más tarde destruida por el régimen nazi).
 
Nuda Veritas
(1899)
En 1897 fundó junto con otros artistas como Koloman Moser y Ferdinand Andri, la Secesión de Viena, un movimiento artístico que rompía con los cánones de la época y se alejaba de la Asociación de artistas de Viena, en la que muchos de estos artistas habían formado parte. Dos años más tarde, dispuesto a romper con la mojigatería de su tiempo y encarándose a la crítica más feroz pintó Nuda Veritas (Verdad Desnuda), lienzo que fue acompañado por una cita del escritor alemán Friedrich Schiller: “Si no puedes complacer a todos con tu arte, complace a unos pocos. Complacer a muchos es malo” (Un buen consejo para todos los que se dedican al arte en cualquiera de sus formas. ¿no crees?)

Goldfish (1902)
el calvo que Klimt hizo a la crítica
Ya con el público y los críticos a punto de sufrir un ataque de nervios, en 1901, Klimt comenzó a pintar uno de sus cuadros más recordados, el cual inicialmente fue titulado “A mis críticos” pero pasó a llamarse Goldfish, dedicado según Klimt a sus detractores y que, efectivamente, les llevó a tirarse de los pelos.

Gustav siguió fiel a su estilo bello y polémico, centrándose en la figura de la mujer. Si has visto aunque sea un solo cuadro de él, habrás observado que la mujer es el centro de sus pinturas; es más, resulta imposible hablar de la obra de Klimt sin mencionar a las mujeres. Mujeres desnudas, vestidas, cubiertas de flores o pan de oro, todas envueltas en un simbolismo que no se ha conseguido descifrar del todo. Pero, es precisamente ese simbolismo, carente de una explicación racional lo que mantiene la esencia de Klimt.

Tal era la obsesión que sentía el artista por las mujeres que su pasión traspasaba lienzos, una perdición digna de estudio y con la que Freud sin duda hubiera disfrutado estudiándola. Podríamos decir que Gustav fue un Don Juan al que le gustaba vestir con túnica y sandalias alejándose del enconsertamiento de la vestimenta de la época, un Don Juan del que se dice que, tras su muerte, tuvo catorce demandas de pensiones alimenticias, aunque la Justicia sólo reconoció a tres de ellos.

El árbol de la vida (1909)
Por los lienzos y los brazos de Gustav pasaron muchas mujeres, pero, de entre todas ellas, destacaron dos. La primera fue Emilie Flöge, la eterna compañera, la que fue retratada hasta en cuatro ocasiones, quien soportó las relaciones amorosas de su pareja con las modelos que retrataba, la madre de dos de sus hijos y a la única que Klimt permitió entrar en la habitación del  hospital cuando estuvo ingresado al sufrir una parálisis. La segunda de a bordo fue Mizzi Zimmermann, cuyo segundo embarazo inspiró a Klimt a pintar Hope I. El embarazo por aquel entonces era un tema tabú, y ya has visto que eso nunca fue un problema para Gustab, quien se atrevió a pintar el embarazo de una forma tan realista y sugerente, algo que no se había hecho antes. Sin embargo, el hijo que esperaban (el segundo de la pareja) murió un año más tarde, suceso que marcó al pintor.
Así, entre pinceles, pan de oro y simbolismos, Klimt jugó al todo o nada, la realidad no fue suficiente para él, quiso ir más allá. El artista que hizo temblar los cimientos del arte austriaco, el que vivió toda su vida en la misma casa familiar, murió por una neumonía en 1918. Dijo adiós dejando atrás multitud de obras de arte cuyo  elemento común  fue la mujer, a quien retrató como la causa y solución de los problemas, como lasciva y fuerza liberadora, pasiva y activa pero siempre protagonista. Un ejemplo de los más famosos: El Beso (1907)
El Beso
En este lienzo hecho al óleo con laminillas de oro y estaño, es el hombre quien realiza la acción, pero apenas se le ve, no hay rostro que ver; mientras que la mujer, sumisa, recibe el beso sin mostrar sentimiento aparente. Entonces ¿quién es el verdadero protagonista del cuadro?
 
La obra de Gustav Klimt esconde todo un mundo que hace que nos preguntemos qué hay de autobiográfico en sus cuadros, qué quiso decir. Cada obra refleja una realidad, otro punto de vista  y es que como dijo Albert Camus "Si el mundo fuera claro, el arte no existiría"… Por esta misma razón, te animamos a que dejes de lado las interpretaciones que muchos se empeñan en realizar, porque ni el mundo es claro ni todos lo vemos de la misma forma, así que déjate llevar, porque  la interpretación corre de tu cuenta. 

Dánae

FUENTES Y REFERENCIAS

1 comentario:

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