miércoles, 13 de marzo de 2013

Vasco de Quiroga y la Utopía: de la teoría a la práctica (II)


La Segunda Audiencia

“Y fue esta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán-México, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos diecinueve. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo por todo”.

Con estas palabras el cronista-soldado Bernal Díaz del Castillo, natural de Medina del Campo a unos veinte kilómetros de Madrigal de las Altas Torres, daba parte de la entrada de Hernán Cortés en el corazón del imperio azteca y con ello del inicio de la conquista de México. Trece años después, Pizarro haría lo propio en Perú, consolidando a España como la primera potencia mundial de la Edad Moderna, con un imperio transatlántico que cubría miles de kilómetros cuadrados, poblado por millones de nativos, la mayoría de ellos con ideas y creencias muy distintas a las de los españoles.

México-Tenochtitlan

En un primer momento los conquistadores actuaron como gobernantes de las nuevas tierras y se las repartieron en encomiendas, sistema parecido a los feudos medievales. Sin embargo, la Corona, temiendo no poder controlarlos, empezó a quitarles poderes (entre estas medidas se encontrará la abolición de las encomiendas en 1542 con la aprobación de las Leyes Nuevas) y creó una serie de órganos de gobierno ocupados por españoles peninsulares.

En 1524 el Real y Supremo Consejo de Indias, con sede en España, se configura como máximo órgano para la administración de las nuevas tierras. Por su parte, en América se confía el poder a los virreyes, quienes como representantes personales del Rey ostentaban la máxima autoridad civil y militar. Cuidadosamente escogidos, muchos de estos virreyes fueron hombres prudentes y leales. Sin embargo, no siempre eran de total confianza, siendo por ello por lo que se crean las Audiencias: poderosos tribunales legales cuyos jueces, llamados oidores, tenían la misión de hacer que se cumpliesen las leyes y atender apelaciones contra los gobernadores e incluso contra los virreyes, apelaciones que podían ser a su vez recurridas y elevadas al Consejo de Indias. La intención era clara: evitar que ninguno de los funcionarios del imperio llegara a ser tan poderoso que pudiera tener la tentación de rebelarse.


El 9 de diciembre de 1528 llega a México la llamada primera Audiencia con Nuño de Guzmán como presidente y los oidores Juan Ortiz de Matienzo y Diego Delgadillo. Alonso de Parada y Francisco Maldonado, que venían también como oidores, murieron poco después de su llegada.

Por azares del destino, mueren por causa natural los gobernadores designados por la Corona para la recién conquistada Nueva España (que es como se dio a llamar a estas tierras mexicanas por su parecido con la Península) quedando el poder concentrado en las manos de Guzmán, Matienzo y Delgadillo, “el triunvirato de la inquinidad y el desgobierno”, los cuales con total impunidad sometían a los indios al peor de los tratos y daban y quitaban las encomiendas de los conquistadores, movidos por una codicia y una crueldad sin límites.

Quede a modo de macabro ejemplo la visita de Nuño de Guzmán a Nueva Galicia el 14 de febrero de 1530. Tierra de los tarascos, Guzmán ordenó a éstos que le dieran todo el oro que tuvieran, “y porque el cazonzi, que era el mayor cacique de aquella provincia, que así se llamaba, no le dio tanto oro como le demandaba, Nuño de Guzmán  le atormentó y le quemó los pies, y porque le demandaba indios e indias para su servicio, y por otras trancanillas que le levantaron al pobre cacique, le ahorcó, que fue una de las malas y feas cosas que el presidente ni otras personas podían hacer, y todos los que iban en su compañía se lo tuvieron a mal y a crueldad”. Así lo cuenta nuestro ya citado cronista Bernal Díaz del Castillo.

Tormento de Tangáxoan II, último cazonci tarasco

La respuesta desde España no se hizo esperar: presidente y oidores fueron destituidos, excomulgados, detenidos y llevados a la Península para ser juzgados, y se mandó una nueva Audiencia para resolver los desmanes de la primera. A este nuevo tribunal, conocido como la segunda Audiencia, perteneció don Vasco de Quiroga.


La nueva Audiencia, integrada por los oidores Quiroga, Ceynos, Maldonado y Salmerón y presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, entró en México en 1531, siendo recibida con grandes honores y mayores esperanzas. Y los nuevos oidores no defraudaron: pacificaron los ánimos, enmendaron errores, vigilaron porque en lo posible se favoreciera a los indios, prohibieron la práctica del herraje (marcar a los esclavos a fuego como si fueran ganado), procuraron que por todos los medios se extendiese la doctrina cristiana, fomentaron la cultura con la creación de la primera imprenta de América y abrieron nuevos caminos, como el que va de México a Veracruz, para el que fundaron como punto intermedio a Puebla de los Ángeles, entre otros hitos. En definitiva, pronto los daños de la primera Audiencia quedaron subsanados por la segunda. Así se lo harán saber los religiosos franciscanos de México al Emperador, en carta de 1 de mayo de 1532: 

"Toda nuestra tristeza se nos cambió en gozo con la venida santa y recta de la Audiencia que ahora nos gobierna. dure para siempre y V.M. reciba galardón perpetuo por tanto bien como a esta tierra hizo con su bendita venida, porque tantas ánimas se salvan y porque tantas muertes se excusan con el buen regimiento".

Pero Quiroga va un paso más allá en su labor como oidor.


Tomás Moro
En 1516 Tomás Moro publicaba en Inglaterra su obra más famosa, Utopía, en la cual describe una sociedad ideal basada en la igualdad, la propiedad común y una moral cívica, todo ello regido por unos valores democráticos. Por boca de Rafael Hitlodeo, Tomás Moro perfila con todo lujo de detalles los engranajes sociales de la isla Utopía, los mismos que explican la paz y felicidad imperante en aquél "No-Lugar": desde la arquitectura de las casas a la distribución del trabajo,  la organización de la economía, la religión o la estructura política de esta isla imaginaria. 

Ante una Cristiandad enzarzada en guerras de religión entre protestantes y católicos y una Europa desgastada y apagada, Vasco de Quiroga tiene el profundo convencimiento de que el canciller inglés escribió su obra pensando en la situación de los indios del Nuevo Mundo, en la posibilidad de crear con los nuevos habitantes de las nuevas tierras una Utopía. Por ello, el 14 de septiembre de 1532 funda el pueblo de Santa Fe de los Altos de México, que será el primero de sus pueblos-hospitales en los cuales intentará recrear la Utopía, mediante comunidades de indios que viviesen como los primeros cristianos. Esta es la labor por la que Vasco de Quiroga pasará a la Historia. En el próximo artículo hablaremos sobre ella.




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