Dice Herodoto en sus Historias que “Egipto es un regalo del Nilo”. Egipto es el Nilo, un estado de ánimo, un “misterio envuelto como una momia en la mística muerte”. Sus grandes restos arquitectónicos, edificios dedicados alguna vez a prácticas funerarias en forma de pirámides que asemejan ser montículos mortuorios artificiales, llenas de patrones que se repiten de columna en columna, de patio en patio y cámara en cámara; todo ello como ejemplo tangible de la permanencia y la inmutabilidad. “Quienes han bebido el agua del Nilo siempre regresan a Egipto”, dice un proverbio egipcio moderno hecho realidad en la vida de Howard Carter, un joven Inglés que visitó por primera vez aquella tierra a la edad de 18 años. El valle del Nilo, el desierto, las tumbas de los faraones y las majestuosas pirámides lo enamoraron hasta el punto de pasar a la Historia como el arqueólogo que descubrió la tumba del rey Tutankamón, en el Valle de los Reyes, abierta un 16 de febrero de 1922.
De origen humilde, a base de entusiasmo y curiosidad Carter subsanó la falta de una educación universitaria. Heredó y aprendió de su padre cualidades artísticas que le valieron ser reconocido por el profesor Percy Newberry en su primera excursión rumbo a Egipto en 1891, y así con el tiempo y la práctica aprendió el difícil arte de la excavación. De este modo, comprendió el interés de los verdaderos arqueólogos por no ya descubrir objetos, sino adquirir a través de ellos los conocimientos con los cuales comprender las culturas de tiempos pasados.
Gracias a su entusiasmo y sagacidad, en 1902 fue elegido por Theodore Davies, un aficionado de la arqueología, para integrar un grupo de excavadores y arqueólogos en busca de tumbas de reconocidos faraones que, según Carter, era posible que aun permanecieran ocultas e intactas en las arenas del Valle de los Reyes.
Para 1914, coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial, Theodore Davies abandonó toda excavación con más pena que gloria. Este mismo año, Lord Carnarvon, un adinerado aristócrata inglés, obtuvo las concesiones para proseguir las excavaciones; así el noble inglés y el hijo del pintor de animales continuaron la labor. Durante siete años, exploraron juntos el suelo del Valle con poco éxito hasta que, en 1922, Carnarvon valoró seriamente abandonar los trabajos. Carter propuso, sin embargo, hacer un último esfuerzo enfocándose en una zona triangular, no explorada anteriormente debido a que sobre ésta se hallaba la famosa tumba de Ramsés VI y que, debido al importante tráfico de turistas, debía permanecer libre al paso.
Las cuentas no le salían a Carter puesto que, según su “Lista de reyes” del Antiguo Egipto, faltaba alguien por descubrir. Acordaron proseguir, por lo que Carter continuó sus labores en el Valle de los Reyes hasta que para el día 6 de noviembre, pocos días después de su reunión con Lord Carnarvon en Inglaterra, le daba cuenta a éste vía telegrama los hechos ocurridos:
"Por fin ha hecho usted un gran descubrimiento en el Valle: Una magnífica tumba con los sellos intactos; vuelta a recubrir esperando su llegada. Felicitaciones. Firmado, Carter".
Los sellos tres veces milenarios de los sacerdotes de la necrópolis, grabados en muros recubiertos de yeso que custodiaban el paso hasta la tumba, estaban intactos. En la entrada, por una pequeña abertura hecha con delicadeza a marro y cincel, Carter asomó el cuello al interior. Mientras sus ojos se adaptaban a las tinieblas y buscaban un destello entre estas, Carnarvon y compañía preguntaban con ansia ”¿Puede ver algo?”, a lo que Carter pausadamente respondió ”Sí… Cosas maravillosas”.
De origen humilde, a base de entusiasmo y curiosidad Carter subsanó la falta de una educación universitaria. Heredó y aprendió de su padre cualidades artísticas que le valieron ser reconocido por el profesor Percy Newberry en su primera excursión rumbo a Egipto en 1891, y así con el tiempo y la práctica aprendió el difícil arte de la excavación. De este modo, comprendió el interés de los verdaderos arqueólogos por no ya descubrir objetos, sino adquirir a través de ellos los conocimientos con los cuales comprender las culturas de tiempos pasados.
Gracias a su entusiasmo y sagacidad, en 1902 fue elegido por Theodore Davies, un aficionado de la arqueología, para integrar un grupo de excavadores y arqueólogos en busca de tumbas de reconocidos faraones que, según Carter, era posible que aun permanecieran ocultas e intactas en las arenas del Valle de los Reyes.
Para 1914, coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial, Theodore Davies abandonó toda excavación con más pena que gloria. Este mismo año, Lord Carnarvon, un adinerado aristócrata inglés, obtuvo las concesiones para proseguir las excavaciones; así el noble inglés y el hijo del pintor de animales continuaron la labor. Durante siete años, exploraron juntos el suelo del Valle con poco éxito hasta que, en 1922, Carnarvon valoró seriamente abandonar los trabajos. Carter propuso, sin embargo, hacer un último esfuerzo enfocándose en una zona triangular, no explorada anteriormente debido a que sobre ésta se hallaba la famosa tumba de Ramsés VI y que, debido al importante tráfico de turistas, debía permanecer libre al paso.
Las cuentas no le salían a Carter puesto que, según su “Lista de reyes” del Antiguo Egipto, faltaba alguien por descubrir. Acordaron proseguir, por lo que Carter continuó sus labores en el Valle de los Reyes hasta que para el día 6 de noviembre, pocos días después de su reunión con Lord Carnarvon en Inglaterra, le daba cuenta a éste vía telegrama los hechos ocurridos:
"Por fin ha hecho usted un gran descubrimiento en el Valle: Una magnífica tumba con los sellos intactos; vuelta a recubrir esperando su llegada. Felicitaciones. Firmado, Carter".
Los sellos tres veces milenarios de los sacerdotes de la necrópolis, grabados en muros recubiertos de yeso que custodiaban el paso hasta la tumba, estaban intactos. En la entrada, por una pequeña abertura hecha con delicadeza a marro y cincel, Carter asomó el cuello al interior. Mientras sus ojos se adaptaban a las tinieblas y buscaban un destello entre estas, Carnarvon y compañía preguntaban con ansia ”¿Puede ver algo?”, a lo que Carter pausadamente respondió ”Sí… Cosas maravillosas”.
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Busto del Rey Tutankhamon, museo del Cairo.
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Tutankhamón reinó del año 1334 al 1325 antes de la era cristiana, perteneciendo a la XVIII Dinastía del Nuevo Reino, uno de los más gloriosos períodos del extenso y distinguido Egipto. Tutankhatón, nombre original de Tutankhamón, se interpreta como “Perfecta es la vida de Atón” o posiblemente como “Viva imagen de Atón”. Siendo un niño de nueve años tomó el trono en el cual reino hasta los 19 o 22, posible edad de su muerte según estudios patológicos.
Evidencias indican que fue hijo del rey, Amenhotep IV, quien cambió su nombre por el de Akhenatón derrocando el politeísmo egipcio en favor del arraigo a una sola deidad todopoderosa: Atón, el radiante disco solar. Su madre fue una esposa de menor jerarquía llamada Kiya, pues la Gran Esposa de Akhenatón era la bellísima Nefertiti. A la muerte de Akhenatón se agravaron los conflictos internos por la sucesión del trono, al que finalmente Tutankhatón accedió siendo apenas un niño. Muy pronto unió lazos maritales con Ankhesenpaatón, dando así certeza y legitimidad a su reinado.
Durante sus tres primeros años como rey, él y su corte residieron en la ciudad de Amarna, que poco después abandonaron como capital a favor de Memphis y Tebas. A partir de este período se ven modificados sus nombres: Tutankhatón y Ankhesenpaatón a Tutankhamón y Ankhesenamun. Esta modificación indica un cambio en la devoción del dios Atón a Amón, considerándose así concluido el llamado Paréntesis de Amarna que inició su padre. Murió sin herederos y su trono fue sucedido por regímenes militares, los cuales intentaron cancelar el legado religioso de su padre.
Acorde a la creencia egipcia, dentro de su tumba se hallaron objetos personales del rey con la expectativa de ser usados por este en el Más Allá: amuletos para protegerlo durante su viaje por el Inframundo, estatuas funerarias con su rostro y herramientas para desarrollar cualquier labor que los dioses tuvieran a bien asignarle. A los artesanos se les otorgó un plazo de diez semanas para completar todo el equipamiento funerario, como el ataúd, que simbolizaba el santuario que brindaba al rey la protección durante su viaje, además de otros importantes requerimientos.
El proceso de momificación tenía una duración de 70 días. Se realizaba en el lado oeste del Nilo, punto cardinal donde se pone el Sol y por ello de radical importancia simbólica, y antes se extraían todos los órganos del cuerpo excepto el corazón. En el embalsamiento se utilizó in llamado natrón con el objetivo de acelerar la deshidratación, y además de las más finas resinas y aceites así como vendas de lino, se empleaban amuletos y joyas para adornar el cuerpo.
El hígado, pulmones, estómago e intestinos se trataban por separado. Usualmente eran colocados en cuatro jarrones o vasijas denominados vasos canopos, y en el caso de Tutankhamón estos cuatro jarrones eran unas miniaturas que fueron depositados dentro de un cofre con cuatro cavidades. Este fue guardado en un santuario custodiado por cuatro estatuas divinas guardianes de los canopos: Isis, quien es el trono, la magia, la gran madre; Neftis, la nodriza de los reyes en el Más Allá; Selkis, la que facilita la respiración en la garganta; Neit, diosa de la guerra y madre del Dios Solar.
Evidencias indican que fue hijo del rey, Amenhotep IV, quien cambió su nombre por el de Akhenatón derrocando el politeísmo egipcio en favor del arraigo a una sola deidad todopoderosa: Atón, el radiante disco solar. Su madre fue una esposa de menor jerarquía llamada Kiya, pues la Gran Esposa de Akhenatón era la bellísima Nefertiti. A la muerte de Akhenatón se agravaron los conflictos internos por la sucesión del trono, al que finalmente Tutankhatón accedió siendo apenas un niño. Muy pronto unió lazos maritales con Ankhesenpaatón, dando así certeza y legitimidad a su reinado.
Durante sus tres primeros años como rey, él y su corte residieron en la ciudad de Amarna, que poco después abandonaron como capital a favor de Memphis y Tebas. A partir de este período se ven modificados sus nombres: Tutankhatón y Ankhesenpaatón a Tutankhamón y Ankhesenamun. Esta modificación indica un cambio en la devoción del dios Atón a Amón, considerándose así concluido el llamado Paréntesis de Amarna que inició su padre. Murió sin herederos y su trono fue sucedido por regímenes militares, los cuales intentaron cancelar el legado religioso de su padre.
Acorde a la creencia egipcia, dentro de su tumba se hallaron objetos personales del rey con la expectativa de ser usados por este en el Más Allá: amuletos para protegerlo durante su viaje por el Inframundo, estatuas funerarias con su rostro y herramientas para desarrollar cualquier labor que los dioses tuvieran a bien asignarle. A los artesanos se les otorgó un plazo de diez semanas para completar todo el equipamiento funerario, como el ataúd, que simbolizaba el santuario que brindaba al rey la protección durante su viaje, además de otros importantes requerimientos.
El proceso de momificación tenía una duración de 70 días. Se realizaba en el lado oeste del Nilo, punto cardinal donde se pone el Sol y por ello de radical importancia simbólica, y antes se extraían todos los órganos del cuerpo excepto el corazón. En el embalsamiento se utilizó in llamado natrón con el objetivo de acelerar la deshidratación, y además de las más finas resinas y aceites así como vendas de lino, se empleaban amuletos y joyas para adornar el cuerpo.
El hígado, pulmones, estómago e intestinos se trataban por separado. Usualmente eran colocados en cuatro jarrones o vasijas denominados vasos canopos, y en el caso de Tutankhamón estos cuatro jarrones eran unas miniaturas que fueron depositados dentro de un cofre con cuatro cavidades. Este fue guardado en un santuario custodiado por cuatro estatuas divinas guardianes de los canopos: Isis, quien es el trono, la magia, la gran madre; Neftis, la nodriza de los reyes en el Más Allá; Selkis, la que facilita la respiración en la garganta; Neit, diosa de la guerra y madre del Dios Solar.
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| Silla ceremonial de Tutakhamon. El rey siendo ungido por su esposa Ankhesenamun bajo los rayos solares del dios Aton |
En la antecámara, Carter halló una gran cantidad de objetos valiosos: joyeros de madera chapados en oro, marfil y piedras semipreciosas; carros de combate con ornamentos de oro, cajas con vestidos finísimos y elegantes, armas, sillas y un hermoso trono; ofrendas de comida para alimentar al difunto en la otra vida… En el extremo más alejado de la antecámara se encontraban dos figuras de cuerpo entero, hechas con madera, parcialmente recubiertas en oro y que custodiaban la entrada a la cámara del rey.
En esta fue hallado un relicario de madera de increíbles dimensiones y cubierto de una finísima capa de oro que casi ocupaba toda la cámara, y dentro del cual descansaban los restos del rey. En el interior de esta descomunal caja rectangular se hallaban dos relicarios de menores dimensiones, uno dentro del otro y recubiertos de oro por dentro y por fuera. En su interior, a su vez, encontró otro sarcófago realizado en piedra arenisca labrada que guardaba en su interior un ataúd de madera recubierto también de oro y con incrustaciones de lapislázuli y cornalina. Por si pareciera poco, este ataúd guardaba otro más con placas de oro y con la máscara del retrato del faraón muerto. Como si de una matrioska se tratara, en este segundo se encontró un tercero, de oro macizo y tan pesado que se necesitaron cuatro hombres para levantarlo. Con la forma de momia, el cofre tenía en la parte superior el rostro real, tallado con las alas tradicionales que se acostumbraba, decorar además de oro y piedras semipreciosas incrustadas.
El sarcófago en su diseño sugería a lo largo del cuerpo de la momia los brazos envolventes de la diosa Nut, que daba abrigo y protección a los restos del Rey niño, pequeños, frágiles y momificados. En el rostro portaba una máscara de oro que sin lugar a dudas excedía en belleza toda la delicadeza vista anteriormente.
El de Carter fue el descubrimiento aislado más importante de Egipto, escapando milagrosamente al saqueo y la destrucción durante treinta siglos, un período equiparable a la mitad de la historia registrada de la humanidad. Lo que había iniciado aquel 16 de febrero de 1923 se completó en 1932, una década dedicada al estudio, exploración y extracción de los elementos hallados en la tumba, previo registro riguroso de cada uno de ellos para después ser cuidadosamente empaquetado y enviado al museo de El Cairo.
En esta fue hallado un relicario de madera de increíbles dimensiones y cubierto de una finísima capa de oro que casi ocupaba toda la cámara, y dentro del cual descansaban los restos del rey. En el interior de esta descomunal caja rectangular se hallaban dos relicarios de menores dimensiones, uno dentro del otro y recubiertos de oro por dentro y por fuera. En su interior, a su vez, encontró otro sarcófago realizado en piedra arenisca labrada que guardaba en su interior un ataúd de madera recubierto también de oro y con incrustaciones de lapislázuli y cornalina. Por si pareciera poco, este ataúd guardaba otro más con placas de oro y con la máscara del retrato del faraón muerto. Como si de una matrioska se tratara, en este segundo se encontró un tercero, de oro macizo y tan pesado que se necesitaron cuatro hombres para levantarlo. Con la forma de momia, el cofre tenía en la parte superior el rostro real, tallado con las alas tradicionales que se acostumbraba, decorar además de oro y piedras semipreciosas incrustadas.
El sarcófago en su diseño sugería a lo largo del cuerpo de la momia los brazos envolventes de la diosa Nut, que daba abrigo y protección a los restos del Rey niño, pequeños, frágiles y momificados. En el rostro portaba una máscara de oro que sin lugar a dudas excedía en belleza toda la delicadeza vista anteriormente.
El de Carter fue el descubrimiento aislado más importante de Egipto, escapando milagrosamente al saqueo y la destrucción durante treinta siglos, un período equiparable a la mitad de la historia registrada de la humanidad. Lo que había iniciado aquel 16 de febrero de 1923 se completó en 1932, una década dedicada al estudio, exploración y extracción de los elementos hallados en la tumba, previo registro riguroso de cada uno de ellos para después ser cuidadosamente empaquetado y enviado al museo de El Cairo.
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| Réplicas de los sarcófagos de Tutankhamon, Madrid. foto: JPM 2011 Licencia: CC-BY-SA-3.0 |
Unos cuerpos se van, otros quedan, ya que el tiempo de ellos fue anterior.
Los dioses que son intemporales descansan en sus pirámides, y al igual los
nobles y los poderosos, enterrados en sus Pirámides.
Quienes construyeron las casas, no las habitan más, ¿Qué se ha hecho de
ellos?
He oído los discursos de Imhotep y Hardedef, con cuyas palabras los
hombres hablan en todas partes.
¿Dónde están sus habitaciones ahora?
Sus muros están destruidos, sus habitaciones ya no existen, como si nunca
hubiesen existido.
Nadie viene de ahí para que pueda decirnos cómo están, que pueda decirnos
qué necesitan, que pueda aquietar nuestro corazón; mientras nosotros
también vamos al lugar a donde ellos fueron
El arpista de Intef, siglo XVI a.C.
FUENTES Y REFERENCIAS
- M. Roth, Leland (1993) Understanding Architecture, its Elements, History, and Meaning. Harper-Collins Publishers, Inc. New York.
- Cottrell, Leonard (1960) Land of the Pharaohs. The World Publishing, Co. Cleveland Ohio.
- I. E.S. Edwards (1976) Treasures of Tutankhamon. The metropolitan Museum of Art. New York.
- O´Connor, David; Freed, E. Rita; Keneth, Kitchen, Keneth, A. (2006) Ramses II: Magnificence on the Nile. Time Life Books. Barcelona.
- Castel, Elisa. (2001) Gran Diccionario de Mitología Egipcia. Ed. Aldabearán. Madrid
- http://www.biography.com/people/howard-carter-20683395




Hola chicos!! La verdad que los leo hace bastante y nunca se me dio por comentar nada. Grave error el mó. Les mando un abrazo grande desde Argentina, me encanta la diversidad de temas que tratan y que siempre que entro a la web encuentro algo nuevo y atrapante. Saludos!!!
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