Seguro que muchas veces, después de tener algunas monedas
entre las manos y soltarlas, has notado ese repulsivo hedor que dejan tras de
sí en tu piel. Lo más posible es que, inconscientemente, lo hayas asociado al
dinero, y desde entonces hayas pensado que lo que ocasiona y produce el olor
son las propias monedas. Nada más lejos de la realidad.
Imagen de: Tequierocomoamigoradio
¿Cómo se explica? Las
monedas, como bien sabemos, suelen estar compuestas de una combinación de
distintos metales, entre ellos, de hierro. Los científicos, en este punto,
afirman que al contacto del hierro con la piel se produce una ruptura de los
aceites propios de la epidermis (causada por la transpiración, que proporciona
electrones al hierro). Ese aceite corporal descompuesto, produce el conocido
olor a rancio que asociamos inmediatamente al dinero.
Además, este proceso se agrava por el hecho de que nuestra
sangre también contiene hierro, un hierro que así como el externo también
adquiere una carga de electrones que potencia el resultado. De este modo se
podría decir que no olemos el hierro de las monedas cuando las manos “nos
huelen a dinero”, sino más bien, olemos el propio hierro de nuestra sangre.
Imagen de: Enroquedeciencia
Composición química de la sangre, donde podemos ver su parte de hierro.
Ahora, párate a pensarlo por un momento. ¿No es idéntico el
olor que asocias al dinero, que el que se produce cuando tocas cualquier otro
elemento que contenga hierro? ¿Y a que también es extraordinariamente parecido
al olor que emiten tus heridas cuando has sangrado? Sin embargo, si hueles una
moneda o un billete, ¿desprenden, aunque sea, un olor ligeramente similar? He
ahí la demostración empírica de nuestro artículo.
Imagen de: Enroquedeciencia




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