viernes, 7 de junio de 2013

¿Por qué se contagian los bostezos?

En esta ocasión nuestra pequeña duda existencial en “Lo que siempre quisiste saber pero nunca te acordaste de investigar” es “¿Por qué se contagian los bostezos?” ¿Nunca os lo habéis planteado? ¡Seguro que sí!

En la calle, el trabajo, el transporte público, con nuestra familia, amigos, novios e incluso hasta 
desconocidos. Si vemos a alguien bostezar lo más probable será que a los pocos segundos imitemos nosotros este acto de forma refleja, pero ¿por qué?.

Imagen de lmkshow

En primer lugar es necesario aclarar que, a pesar de la universalidad de este mecanismo entre los seres vertebrados (incluso en su etapa fetal) aún el origen y función de los bostezas es motivo de controversia y especulación entre los científicos.

Lo único claro en principio, es que los bostezos se producen durante estadios de baja vigilancia o adormecimiento, implicando una carga extra de oxígeno para el sistema que lo activa de inmediato, reforzando y retomando el estado de alerta natural perdido con anterioridad al mismo. Es por ello que se especula que el contagio entre bostezos puede deberse a un mecanismo primitivo evolutivamente fruto de nuestra condición social, que ayudaría a los demás miembros del grupo o tribu a recuperar igualmente su estado de alerta en determinados momentos.

Otra hipótesis en la misma línea, argumentaría que el bostezo es una respuesta multifuncional en muchas especies, actuando en estados de vigilia y sueño y teniendo efectos sobre la respiración, la sexualidad y la nutrición, y de esta utilidad derivaría su copia o contagio entre seres.

Imagen de discoverwildlife

Por su parte, el poder de los bostezos para contrarrestar el aumento transitorio de la temperatura cerebral y corporal es la clave para algunos científicos de que el mecanismo y su contagio hayan sido preservados durante la evolución de las distintas especies homeotermas.

Finalmente, la explicación con mayor apoyo entre el sector científico establece meramente que el bostezo tiene una función social y comunicativa, sirviendo como medio de comunicación inconsciente de valores sociales asociados a necesidades fisiológicas.  Es por ello que más del 60% de la población no puede evitar bostezar si ve a alguien a su alrededor haciéndolo. De este modo, la solución se encontraría en la empatía que podemos manifestar entre personas. Una empatía que en este punto podría definirse como la habilidad para conseguir conductas motoras y emocionales en resonancia con el resto de las personas, intimamente vinculado con la propia evolución de los homínidos. Apoyando esta hipótesis encontramos los resultados de un estudio que muestra que los niños comienzan a desarrollar este comportamiento de contagio a partir de los 4 años de edad, y que sin embargo, las personas autistas, con un desarrollo asocial, existe la mitad de posibilidades de que un bostezo de otra persona pueda contagiarles.

Imagen de ourfunnyplanet

Conociendo ya, en teoría, la solución a nuestro enigma. Si bien lamentamos no poder arrojaros respuestas más claras, precisas y 100% confirmadas, contaremos en la línea de nuestra respuesta o causa (la empatía) algunos datos curiosos. Por ejemplo, los bostezos son más contagiosos entre dos individuos fuertemente vinculados. Por otra parte, la probabilidad de bostezar una vez observado un bostezo no está para nada vinculado o relacionado con la propensión a bostezar de forma espontánea y aislada de influencias. Además, el nivel de activación cerebral al contagiarse el bostezo es mayor cuanta más similitud existe entre los dos bostezos, el escuchado y el contagiado. Finalmente,  algunos estudios confirman que el nivel de contagio aumenta cuando el sujeto emisor que induce al mismo se trata de una mujer o hembra.


Nuestro sistema nunca dejará de maravillarnos y muchos serán los interrogantes que nos quedarán por descubrir en torno a su funcionamiento. Por ahora, aunque no sea seguro, parece que el contagio de bostezos está relacionado con la empatía. Un término que desde luego, jamás pensé que pudiera asociarse con un mecanismo como este, pero que demuestra, una vez más, cuán social es el ser humano y cómo depende de su pasado evolutivo. Somos sólo una etapa más en el desarrollo de una especie que ninguno de nosotros podrá descubrir hacia dónde va. 

Imagen de tierracristina


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