jueves, 8 de enero de 2015

El hombre que murió dos veces

Corría el año 1950 y en el estadio del Maracaná (Rio de Janeiro), se jugaba el partido definitivo del cuarto Mundial de la historia: Brasil contra Uruguay. El partido se disputó ante la cifra desmesurada de 250.000 espectadores.  A los anfitriones les bastaba el empate para proclamarse campeones del mundo por primera vez. Días antes, toda la gente y los medios del país, envueltos en el jolgorio del famoso carnaval brasileiro, los daban como ganadores y ya festejaban el título. Sin embargo, ocurrió lo que ya todos sabemos: tras llegar al descanso en desventaja, la selección charrúa, mediocre e inferior, logró inesperadamente imponerse al gigante brasileño y enmudecer al mítico Maracaná.
Estadio del Maracaná durante la Final de 1950

Este hecho causó un desconcierto social que provocó incluso numerosos suicidios de hinchas de la 'Seleçao'. Los demás optaron por focalizar la culpa y la responsabilidad de esta tragedia deportiva en un solo hombre: Moacir Barbosa, el portero que disputó ese partido. Hasta entonces, este guardameta estaba considerado como una de los mejores porteros de la década de los 40 y el mejor de Brasil. Su participación hasta el último partido había sido buena, paradojicamente logró el premio al mejor portero de la competición. El portero comentó sobre el gol que supuso su perdición: “Llegué a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí".



Barbosa encajando el gol que le condenaría de por vida

Barbosa sólo jugaría una vez más para la Selección Nacional. Tenía a todo un país en su contra. Tres años más tarde una grave lesión le condujo a un final de carrera decadente y penoso. Al desprecio social hacia su persona se le había sumado los irremediables problemas físicos que acabaron por dar por finalizada su carrera deportiva.

La sociedad le había condenado al ostracismo. En el entorno futbolístico brasileño era repudiado y tachado de gafe. Ni décadas después se le permitía acercarse a los entrenamientos para hablar o desear suerte a los jugadores. Cuentan que, en 1970, se cruzó por la calle con un niño y su madre y ésta le dijo a su hijo “Míralo hijo, este hombre fue el que hizo llorar a todo Brasil”. Éste sólo era un ejemplo del pensamiento de millones de personas incapaces de olvidar y perdonar. El mismo Barbosa cuenta en unas declaraciones que a pesar de que en Brasil la pena máxima era de 30 años, la suya fue perpetua.

En los últimos años de su vida la situación no fue a mejor. Al constante rechazo social hacia su persona, se le sumó la muerte de su mujer y su quiebra económica. Denostado por todos y en la ruina (pese a ciertas ayudas proporcionadas por un antiguo club donde militó), Barbosa tendría graves problemas de salud que le empujaron a la muerte en el año 2000. Una amiga del exportero que lo acompañó en sus últimas horas, asegura que antes de morir no paraba de repetir “No fue culpa mía, éramos once”. Este fue el trágico final de un hombre que tuvo dos muertes, la primera de ellas con la sociedad como verdugo.


Bibliografía:

New York Times Magazine 'A 2014 Worl Cup Special' (My travels with the course of Maracaná), por Christoph Niemann http://www.nytimes.com/interactive/2014/06/08/magazine/world-cup-curse-of-maracana.html

ESPN Deportes (El otro Maracanazo), por Damián Didonato http://www.espndeportes.com/blogs/index?entryID=1296156

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