Existe
un libro que nadie puede leer. Un libro pequeño, cuyas páginas, que miden apenas 15 por 22 cm, son de vitela, una
especie de pergamino hecho de cuero de cordero muy trabajado y fino. Un libro
escrito hace unos 600 años, todo él a mano y por una sola persona, que contiene
más de 40.000 palabras, y en el que sólo 33 páginas se libran de contener
alguna ilustración. El libro no tiene título, ni fecha, ni autor. Tampoco está
repartido en capítulos o secciones, pero los expertos que lo han estudiado lo
dividen en cinco partes, a saber: Herbolario, Astronomía, Biología, Farmacia y
Recetas. Esta división viene fundamentada en la tipología de sus grabados, dado
que, como ya les he dicho, es un libro que no se puede leer.
Existió
un individuo de nombre impronunciable, Wilfryd Michal Habdank-Wojnicz, que
nació en Lituania más o menos pasados 460 años desde que se escribió nuestro
libro misterioso. Químico y farmacéutico de profesión, la justicia del Zar de
todas las Rusias lo deportó a Siberia, donde pasó unas idílicas vacaciones
durante cinco años, hasta que logró escapar a Alemania y de ahí a Londres. Allí
encuentra el amor, o al menos a una irlandesa con la que casarse, y ambos
deciden ocupar su vida escribiendo y enviando a Rusia literatura revolucionaria
y traduciendo las obras de Marx y Engels. Ya por esta época, nuestro amigo
Wilfryd ha decidido volver un poco anglosajón su apellido impronunciable, para
convertirse ahora en el Sr. Voynich. El Sr. Voynich, junto con su mujer,
comienza a interesarse por libros antiguos y abre un establecimiento dedicado a
ello en Soho Square. Como el negocio les va bien, deciden mudarse a Nueva York,
donde siguen con la actividad de libreros de publicaciones raras hasta la
muerte de Voynich en 1931.
Del
libro apenas se sabe nada hasta principios del siglo XVII, cuando conocemos a
su primer propietario, el emperador Rodolfo II de Bohemia (nieto de nuestro
Carlos I) el cual, ante la imposibilidad de comprenderlo, se lo cede a diversos
alquimistas, lingüistas y sabios de la corte para que procedan a descifrarlo.
Pero ya sabemos qué es lo que sucede cuando prestamos un libro a otra persona,
que por muy emperador de Bohemia que uno sea, el libro se acaba traspapelando.
Y cómo no, el nuestro no iba a ser una excepción; así, de mano en mano y de año
en año acaba llegando a un sacerdote jesuita llamado Athanasius Kircher, el cual, tras un infructuoso intento de
descifrarlo, lo acaba cediendo a la biblioteca del Collegio Romano,
actual Universidad Pontificia Gregoriana.
Es el año 1680. Hasta 1912 nuestro misterioso libro va a reposar entre
estanterías y arcones de este colegio jesuita.
Es en esta fecha en la que Voynich inicia diferentes viajes por Europa a la
búsqueda de libros para su floreciente negocio en Londres, llegando hasta una
población cercana a Roma, Frascati, donde tiene su sede un colegio jesuita cuya
biblioteca es conocida entre los expertos del gremio de libreros por sus
antiguos y extraños volúmenes. Así, revisando un arcón que contenía los libros
que los curas deseaban vender, reparó en uno escrito en unos extraños caracteres
que Voynich no pudo identificar. Hojeando el manuscrito, observó que la mayoría
de las páginas estaban ilustradas con dibujos de diversas plantas, planetas y
figuras humanas.
Para colmo de las sorpresas,
entre las páginas del libro, Voynich halló una antigua carta en latín, fechada
en 1666. Los sacerdotes se mostraron de acuerdo en vender el manuscrito y su
carta, y Voynich se los llevó a su negocio londinense. Intrigado por los
extraños símbolos que contenía, fotografió cada una de sus páginas por el
anverso y por el reverso, y envió las copias a expertos lingüistas de su época,
pero ninguno de ellos fue capaz de identificar la lengua, ni tampoco los
caracteres con los que el libro estaba escrito. Treinta años
después de la muerte de Voynich, en el año 1961, su viuda vendió el libro a
otro marchante de libros antiguos, de apellido Kraus, el cual, ante la
imposibilidad de descifrarlo y de encontrar un comprador, donó el manuscrito a
la Universidad de Yale en 1969.
¿Y qué sabemos del manuscrito? Apenas nada, ni siquiera
acerca del posible significado real del libro, ni siquiera sabemos si está
cifrado, por lo que decidir si empezar por traducirlo o desencriptarlo ya
constituye un problema en sí mismo. Dejándonos llevar por las ilustraciones, la
primera parte es casi seguro un herbolario, pero ninguna de las especies de
plantas en él descritas ha podido identificarse. La sección de astronomía y
astrología muestra dibujos similares a galaxias en forma de espiral, o una
esfera celeste con un sol y constelaciones desconocidas. Los apartados de
farmacia y recetas muestran descripciones acerca de tubos, recipientes y
procesos químicos similares a los recogidos en los manuales alquímicos
medievales, pero ninguno se identifica con los recogidos en el manuscrito.
Todos los estudios hechos sobre el libro han sido
inútiles. No sabemos si es en realidad un libro científico o una broma de mal
gusto de un ilustrado de la época. Como en todas estas cosas misteriosas, se
pretende ver en ella la mano de Leonardo da Vinci. Si algo es extraño y las
fechas encajan, démosle la autoría a Leonardo y a otra cosa. En la actualidad
se trabaja en el proyecto EVMT (European Voynich Manuscript Transcription) que
pretende recoger y aglutinar todo lo que se sabe acerca del libro, y elaborar
una transcripción completa en formato electrónico. Cuando esta versión esté
finalizada, es probable que puedan efectuarse análisis numéricos más precisos
que corroboren o refuten algunas de las teorías expuestas hasta la fecha. Pero
lo más asombroso de todo es que alguien escribió algo hace cientos de años y
aún hoy día no podemos descifrar lo que dice. Y mientras tanto, el bautizado
como Manuscrito Voynich descansa en la Biblioteca
Beinecke de Libros Raros, en Yale. Allí sigue, rotulado con el número de
catálogo MS 408, riéndose de nosotros de un modo incomprensible.
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