lunes, 5 de octubre de 2015

El Lazarillo de los atunes

La vida del Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades. Este fue el título inicial de una de las obras maestras de nuestra Literatura, además de una de las más desvirtuadas en cuanto a la impresión general que tenemos los españoles de ella. Gracias a su apariencia y forma, que conduce a pensar que se trata de una "novelilla de aventuras", se ha impuesto como una obra de estudio escolar. Es así que nos solemos olvidar de la profundidad y la calidad de una emblemática obra como es El Lazarillo.

Dejando de lado el entramado de predicciones por parte del ciego, la gran crítica social que esconde esta obra, el deseo de medrar de Lázaro (casi comparable con la famosa honra de ese barbudo Cid Campeador) y ese final abierto que implica el no saber nunca el motivo real por el cual el adulto Lázaro escribe esa epístola a "Vuestra Merced", la obra sigue siendo un tejemaneje de influencias medievales. Incluso cuenta con precursoras mucho más antiguas. Por este motivo, en este artículo no vamos a hablar solo de El Lazarillo de Tormes.

Situándonos un poco, es comprensible que el folclore medieval (desde el siglo V al XIV) todavía tenga una gran influencia en la literatura renacentista (más o menos siglos XV y XVI) teniendo en cuenta el poco tiempo que separa un momento del otro. Se materializan estas influencias en personajes arquetípicos que presentan conductas y cualidades que no se deslindan de esta tradición. El más claro ejemplo es la figura del famoso Ciego, uno de los personajes más conocidos de la obra en cuestión, y uno de los más complejos.

El Ciego, como personaje tipo en la literatura universal, ha sido siempre poseedor de una sabiduría extraordinaria. Desde el caso del poeta latino Homero hasta traducciones realizadas en la Edad Media se atribuye una sabiduría sobrenatural alas personas ciegas, incluso relacionándolos con un cierto carácter diabólico. Esta cualidad podría estar relacionada con el conocimiento que no se ve, con lo que no puede ser captado por los sentidos. Estos conceptos podrían relacionarse con el mundo de las Ideas de Platón, en el que según el filósofo griego se encuentran los conocimientos verdaderos e inmutables que los seres humanos no podemos alcanzar conociendo lo que nos rodea. El ciego, al no estar expuesto a las trampas del mundo sensible por medio de la vista, tendría más fácil este camino.

En este punto te puedes estar preguntando: ¿qué tiene que ver el folclore con el título de este artículo, El Lazarillo de los atunes?

Una obra maestra (y una gran cantidad de obras menos espléndidas) suele tener unos antecedentes claros, unos modelos fijados en la tradicción en los que el escritor o poeta en cuestión acostumbra a fijarse para crear su obra. Podemos poner una serie de ejemplos tan variopintos en unos segundos que nuestros lectores tendrían que pensar y reflexionar por largo tiempo para conseguir encontrar los puntos en los que los autores han dejado ver las semejanzas con la obra que funciona, por así decirlo, de musa.

No podemos negar la importancia de la imitatio hacia los modelos de autoridad, como camino por el cual se llegan a crear estas descendientes directas que, en muchos casos, suelen superar la calidad del original. Existen miles de formas de imitación. Por ejemplo, el modo de imitatio que usó Fernando de Rojas en La Celestina, obra que surge a modo de parodia de las conocidas novelas sentimentales de la época, sobre todo, de la conocida Cárcel de amor, novela en la que el protagonista, desesperado por no conseguir el favor de la amada, muere comiéndose todas las cartas que le escribió. Es otro ejemplo peculiar el caso de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, creado por Cervantes con la intención de realizar otra parodia de las novelas de caballerías tan populares en su época, utilizando con todo el acierto la estructura de una de ellas.

Como podrás imaginar, en el caso de El Lazarillo de Tormes no ocurrió algo muy alejado. Como toda novela picaresca, El Lazarillo surge de un modelo creado ya en la Antigüedad clásica: las novelas de aventuras, que compartían un mismo esquema: el protagonista sufre una transformación por alguna especie de embrujo y, en su forma metamorfoseada, sufre una innumerable serie de desprovistos hasta que, al final de esa espinada senda por la que pasa, consigue volver de nuevo a su forma originaria. En concreto, el autor anónimo de El Lazarillo de Tormes se inspiró en la novela El asno de oro, de Apuleyo, en la que el protagonista es convertido en asno y tras una serie de desdichas consigue volver a su forma humana con la ayuda de la diosa Isis, que le acosenja comer pétalos de rosa para poder finalizar con ese embrujo. A simple vista, parece que no hay similitudes aparentes entre estas dos obras tan separadas en el tiempo. Sin embargo, se indagamos un poco más, veremos que hay muchas más de las que parece.

La historia de Lázaro está compuesta, básicamente, por una serie de infortunios que tiene que sufrir para conseguir su propósito de prosperar en la vida y de conseguir una clase social más elevada. De modo metafórico, podemos observar una transformación: del Lázaro niño que parte desde cero al Lázaro adulto, que ha conseguido un empleo público, se ha casado y ya no tiene que soportar ese hambre corrosiva que sufría en tiempos anteriores. El autor elige eliminar el punto fantasioso para darle mucho más realismo a la obra, ya que es un retrato de todo lo existente en la sociedad de su época. Y en este punto es donde nos enfrentamos a lo interesante de la cuestión. Si todavía no ves la similitud, te sorprenderá saber que para certificar que El Lazarillo de Tormes sigue la misma estructura que  El Asno de Oro contamos con El Lazarillo de los atunes. Seguramente, el título no te será muy familiar.

El Lazarillo de los atunes es una obra apócrifa al Lazarillo; surge después de ésta y se encuentra escrita a modo de continuación de la historia que conocemos de Lázaro. Esta "segunda parte" fue publicada en Amberes, en 1555. En esta versión, Lázaro sí sufre una metamorfosis parecida a la que sufre  Lucio, el protagonista de El Asno de Oro, solo que en este caso, Lázaro se convierte en atún. Está claro que el anónimo autor de esta continuación siguió la vertiente fantástica de la novela de aventuras latina. Algunos de los sucesos acontecidos a Lázaro en esta obra son la metamorfosis en atún, el casamiento con una atuna, la llegada de sus hijos al mundo (por supuesto, también atunes) y algunos acontecimientos más relacionados con una supuesta corte de peces de la que ellos formaban parte. Se dice que esta obra tuvo mucho menos acogida que la original (a la vista está). Esta segunda parte no dejó indiferente ni al público español ni al europeo, llegándose incluso a realizarse otras partes apócrifas como la de Juan de Luna, que decepcionado por El Lazarillo de los atunes, decide continuar las historia de una manera más cercana a el Lazarillo en sí.

Con este pequeño ejemplo de una de las obras más emblemáticas de la literatura española podemos comprobar cómo el estudio de las grandes obras literarias está plagado de interesantes pausas, relacionadas con factores externos, como pueden ser las ediciones, las copias, las imitaciones... Y es comprensible, ya que un gran libro puede suscitar grandes emociones en aquellos que se sumergen entre sus páginas sus palabras. A veces puede llegar a causar tanto, que los lectores se convierten en narradores guiados por el deseo de continuar una historia que ha logrado atraparlos y que, de una manera, hacen un poco más suya.


FUENTES Y REFERENCIAS
  • PEDRAZA JIMÉNEZ, F.B.; RODRÍGUEZ CÁCERES, M. (1999) Las épocas de la literatura española. Ariel. Barcelona.
  • ANÓNIMO. El Lazarillo de Tormes, edición de Cátedra, comentada por Francisco Rico.
  • ALBORG, J. (1982) Historia de la literatura española I. Editorial Gredos.

2 comentarios:

  1. Muy interesante, no tenía ni idea de que existiera el Lazarillo de los Atunes ni nada similar. Pero cuidado con la errata que se ha colado por ahí... "corrosiba".

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    1. Muchas gracias por tu apunte. Corregido queda el despiste. ¡Nos alegra mucho que te haya gustado!

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