El Neolítico es un periodo de la Prehistoria que comienza cuando los grupos humanos sustituyen la economía cazadora-recolectora por una economía productora, basada en la agricultura y la ganadería.
![]() |
| Hachas pulimentadas y molino de mano |
El cambio económico tuvo muchas consecuencias de tipo social, tecnológico, simbólico y religioso. Entre las novedades tecnológicas consecuencia del cambio económico, nos encontramos con el sedentarismo, la producción de cerámica o la técnica del pulimento de la piedra, por citar las más importantes. De ahí que, dada la importancia de esta evolución, en la historiografía prehistórica hablemos a menudo de “Revolución Neolítica”.
El término Neolítico fue acuñado por el inglés John Lubbock en su libro “Prehistoric times” en el año 1856. Hacía referencia a una nueva manera de trabajar la piedra. Frente a la técnica habitual de tallar el sílex, propia del Paleolítico (literalmente, “piedra vieja”), en el Neolítico (“piedra nueva”) se introdujo el pulimento de la piedra, principalmente para la fabricación de hachas. En realidad, esta innovación no era más que una consecuencia, casi anecdótica, del cambio real: el paso de una economía cazadora-recolectora a una economía productora, en la que la agricultura y la ganadería pasaron a constituir la base de la producción. Fue Vere Gordon Childe quien en su obra, “Los orígenes de la civilización”, acuñó el término “Revolución Neolítica”, desde la base teórica del materialismo histórico. Gordon Childe interpretó el cambio como una innovación tecnológica producida casi de forma casual, por un cúmulo de circunstancias,como el descubrimiento de la capacidad
de controlar el crecimiento de plantas y animales, que los
grupos humanos supieron aprovechar para avanzar en la línea del progreso
evolutivo.
Sin embargo, aunque es cierto que el proceso tuvo lugar de este modo, no fue, como se suele decir, una revolución. Para ello tendría que haber sido rápido, drástico e innovador, y en realidad fue un cambio lento, progresivo y en absoluto casual o fortuito. La agricultura no apareció como un descubrimiento y fue revolucionaria exclusivamente en el sentido de que supuso un cambio radical, a muy largo plazo, en los modos de vida.
El Neolítico, es decir, la introducción de las prácticas agrícola-ganaderas, surgió en cinco puntos distintos del mundo: el Próximo Oriente (del cual proviene nuestro Neolítico), el Sáhara (cubierto por un bosque tropical en aquellos momentos), el Sudeste asiático, Centroamérica y Perú. Las plantas y animales domesticados en cada una de las zonas variaron según el medio ambiente circundante, pero siempre fueron aquellas más susceptibles de ser cultivadas: cereales, ovejas y cabras en Próximo Oriente y Sáhara, arroz en China, maíz y frijoles en Centro América y Perú. Las fechas más antiguas son las del Próximo Oriente, hace unos 10.000 años.
No hay que entender todo esto como una sincronía casi mágica del devenir humano, sino como una progresión lógica de las sociedades prehistóricas. Hoy en día no se cree que los hombres y mujeres del Epipaleolítico o Mesolítico descubrieran repentinamente la agricultura y la ganadería. Los grupos del Paleolítico estaban estrechamente vinculados a la naturaleza y tenían una dependencia absoluta de los recursos ofrecidos por ésta. Resulta difícil asumir que hasta ese momento no hubieran sido conscientes de la capacidad germinadora de una semilla o de la posibilidad de amaestrar un animal.
¿Por qué, entonces, no adoptaron con anterioridad la nueva economía? Sencillamente, no les interesaba. Estudios basados en la observación de sociedades actuales en similares estadios tecnológicos han demostrado que los grupos cazadores-recolectores disponen de más horas de ocio que los productores y en muchos sentidos su calidad de vida es mejor. Pero en un momento dado, fruto del crecimiento demográfico que se produjo en el Mesolítico, en cinco puntos del globo se vieron obligados a intensificar la producción alimenticia con nuevos mecanismos para responder al aumento de población: no tuvieron más remedio que adoptar la agricultura y ganadería como respuesta a las nuevas necesidades, para cubrir la demanda subsistencial del grupo. La economía productora requiere un mayor esfuerzo e inversión de trabajo, pero también permite la intensificación de la producción y la obtención de una serie de excedentes para asegurar la supervivencia del grupo.
Los nuevos modos de vida aparejaron otros cambios, como la sedentarización (obligada consecuencia para permanecer cerca de los cultivos) y la producción cerámica. La utilización de la arcilla para fabricar recipientes tuvo un doble valor: como objeto práctico que permitía la cocción de los cereales y como objeto de prestigio. A partir del Neolítico, la cerámica se convierte en la pieza más abundante en las excavaciones arqueológicas y en una de las más importantes a la hora de estudiar una cultura. Sirvió como soporte decorativo y pieza cultual, como objeto de intercambio, recipiente de almacenaje y de cocina, como urna funeraria o elemento identificador de un grupo. Ya desde los primeros momentos de su invención, encontramos bellos recipientes; algunos, incluso, llegaron a extenderse por todo el Mediterráneo, como la cerámica cardial, fácilmente reconocible por haber sido decorada presionando una concha de molusco sobre el barro todavía fresco.
![]() |
| Cerámica cardial de la Cova de l'Or |
Otros repertorios de piezas arqueológicas aparecieron también como novedad: las hachas pulimentadas (que dieron origen al nombre del periodo), los molinos de mano para moler el cereal o todo un nuevo elenco de ornamentos. Es presumible que también hubiera importantes cambios en el mundo de las ideas y las creencias religiosas, un ámbito al que los prehistoriadores y arqueólogos difícilmente pueden acceder.
Las ciudades vinieron mucho después (podemos estar hablando de un intervalo de más de 5.000 años) y con ellas avances tan increíbles como la escritura. Ni siquiera aparecieron en el mismo lugar que los primeros poblados neolíticos, sino en zonas cercanas pero periféricas como Sumeria o Egipto. Pero eso ya forma parte de otra historia...
Puedes seguir a la autora M.J. Noain Maura en
Twitter: @Mariajo_Noain
FUENTES Y REFERENCIAS
- BARANDIARÁN, Ignacio, ed. (2012): Prehistoria de la Península Ibérica. Ed. Ariel.
- Gordon Childe, Vere (1978). Los orígenes de la civilización. Madrid: F.C.E.
- VV.AA. (1970): Manual de Historia Universal: Prehistoria. Ed. Najera.



No hay comentarios:
Publicar un comentario