| Células humanas de un tumor en división |
Hasta la más pequeña e independiente de todas nustras células es una maquinaria molecular exasperantemente compleja, capaz de tomar los nutrientes del medio y extraer su energía, de eliminar los desechos, de captar señales del ambiente y responder ante ellas, de producir sus propias estructuras y (esto es lo más inquietante de todo) de partirse en dos y dar lugar a dos nuevas células, que podrán hacer todo esto, incluido lo de dividirse y dar lugar a dos células cada una, y así sucesivamente (al cabo de tan sólo quince procesos de división habremos pasado de tener una sola célula a 32.798 células iguales). Esa es la gran cualidad de los seres vivos: que guardan una compleja información que los hace funcionar y al mismo tiempo son capaces de transmitir de una generación a otra. Pura herencia.
Estar vivo quizás no te parece una cosa que requiera demasiado esfuerzo. Duermes, te despiertas, te levantas, comes un par de veces, vas de un lado a otro, hablas con alguna que otra gente, vuelves a acostarte y te vuelves a dormir; lo que hagas entre siesta y siesta es cosa tuya, pero el hecho de estar vivo y coleando no te supone una dedicación especial, simplemente lo estás. Aun así, en cualquier momento del día a día tu existencia podría considerarse algo así como "asombrosa", "increíble" o "ciertamente muy cara", como lo es la vida de cada una de tus células. Tal vez no te pares a pensar con frecuencia en ellas, pero se entregan directamente a su trabajo: mantenerte en pie. Un papel clave en este proceso viene a cargo de unos enigmáticos cuerpecillos, normalmente con forma de salchicha, que habitan en el interior de las células: las mitocondrias, de las que precisamente venimos a hablarte hoy.
