Seguro que has pasado
interminables tardes, que a veces se han extendido a altas horas de la
noche, rodeado de amigos y familia inmersos en una
buena partida del conocido Monopoly. Pero, más allá de considerarse un pasatiempo como otro cualquiera, se ha conocido que
este famoso juego de mesa fue usado como instrumento para ayudar a escapar a
prisioneros de guerra Aliados.
Este suceso tiene su origen en la
Tercera Convención de Ginebra, en la que se trató de proteger a las víctimas de los conflictos
armados así como favorecer la penosa situación de los prisioneros de guerra. En
este convenio se establecieron una serie de cláusulas, entre las que se destaca la necesidad y obligación de proveer a los reos alimentos a la vez
que artículos que les sirviesen como pasatiempo. La Cruz Roja Internacional era la encargada de suministrar
todos estos elementos, entre los que se encontraba el Monopoly.
El servicio secreto británico de
inteligencia, que contaba con un grupo llamado MI9 (The British Directorate of Millitary
Intelligence Section 9), encontró en este convenio la oportunidad perfecta para
establecer una vía de comunicación con los soldados británicos que se
encontraban presos en campos de concentración alemanes. Clayton Hutton, miembro
del mencionado MI9, ideó una trama que hizo posible hacer llegar a los soldados
capturados utensilios que facilitasen la huida, tales como instrucciones, dinero,
mapas e incluso brújulas del tamaño de un botón. Todo ello, claro está, camuflado en los
juegos de Monopoly. En cada una de estos kits se incorporó un mapa de la zona —hecho en tela de seda con el fin de protegerlo de condiciones meteorológicas adversas—, dinero de curso legal del país oportuno y algunas herramientas pequeñas muy útiles como una brújula, limas o sierras. Incluso se introdujeron billetes reales entre los propios del juego o fichas, que en este caso eran de oro para poder ser canjeadas por dinero una vez el prisionero quedara libre.
Para que los usuarios del juego
descubriesen todos estos artículos y fuesen conscientes de lo que tenían entre
sus manos, se incluyeron también pistas y acertijos en las conocidas tarjetas de Caja
de Comunidad o Suerte, que les servían de guía en todo momento.
Llegados a este punto es casi necesario
plantearse: ¿Funcionó?
La respuesta la puede dar Phil
Orbanes —cofundador
de la empresa de juegos Wiggins—, quien afirmó que según los datos que le hizo
llegar uno de los fundadores de la empresa, este método fue usado por casi
15.000 prisioneros. Aunque es una tarea casi imposible el poder averiguar con
exactitud el número de soldados que pudieron salvarse del horror de los campos
de concentración, no cabe duda de que esta laboriosa trama es una prueba de cómo en momentos de extrema miseria el hombre es capaz hacer trabajar su
creatividad hasta límites desconocidos. Como suele decirse, la necesidad agudiza el
ingenio.
FUENTES

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