viernes, 8 de mayo de 2015

El Monopoly, el arma desconocida en la Segunda Guerra Mundial.

Seguro que has pasado interminables tardes, que a veces se han extendido a altas horas de la noche,  rodeado de amigos y familia inmersos en una buena partida del conocido Monopoly. Pero, más allá de considerarse un pasatiempo como otro cualquiera, se ha conocido que este famoso juego de mesa fue usado como instrumento para ayudar a escapar a prisioneros de guerra Aliados.

Este suceso tiene su origen en la Tercera Convención de Ginebra, en la que se trató de proteger a las víctimas de los conflictos armados así como favorecer la penosa situación de los prisioneros de guerra. En este convenio se establecieron una serie de cláusulas, entre las que se destaca la necesidad y obligación de proveer a los reos alimentos a la vez que artículos que les sirviesen como pasatiempo. La Cruz Roja Internacional era la encargada de suministrar todos estos elementos, entre los que se encontraba el Monopoly.
El servicio secreto británico de inteligencia, que contaba con un grupo llamado MI9  (The British Directorate of Millitary Intelligence Section 9), encontró en este convenio la oportunidad perfecta para establecer una vía de comunicación con los soldados británicos que se encontraban presos en campos de concentración alemanes. Clayton Hutton, miembro del mencionado MI9, ideó una trama que hizo posible hacer llegar a los soldados capturados utensilios que facilitasen la huida, tales como instrucciones, dinero, mapas e incluso brújulas del tamaño de un botón. Todo ello, claro está, camuflado en los juegos de Monopoly.  

Hutton, siendo un mero soldado raso del MI9, contactó con John Waddington Ltd., que poseía la licencia en Inglaterra para fabricar el juego. Una vez dadas las correspondientes y oportunas instrucciones se procedió a la fabricación, en secreto, de esta edición tan particular. Pero, ¿qué contenían estas cajas de Monopoly que las hacía tan diferentes de las tradicionales?

En cada una de estos kits se incorporó un mapa de la zona —hecho en tela de  seda con el fin de protegerlo de condiciones meteorológicas adversas—, dinero de curso legal del país oportuno y algunas herramientas pequeñas muy útiles como una brújula, limas o sierras. Incluso se introdujeron billetes reales entre los propios del juego o  fichas, que en este caso eran de  oro para poder ser canjeadas por dinero una vez el prisionero quedara libre.

Para que los usuarios del juego descubriesen todos estos artículos y fuesen conscientes de lo que tenían entre sus manos, se incluyeron también pistas y acertijos en las conocidas tarjetas de Caja de Comunidad o Suerte, que les servían de guía en todo momento.


Llegados a este punto es casi necesario plantearse: ¿Funcionó?


La respuesta la puede dar Phil Orbanes —cofundador de la empresa de juegos Wiggins—, quien afirmó que según los datos que le hizo llegar uno de los fundadores de la empresa, este método fue usado por casi 15.000 prisioneros. Aunque es una tarea casi imposible el poder averiguar con exactitud el número de soldados que pudieron salvarse del horror de los campos de concentración, no cabe duda de que esta laboriosa trama es una prueba de cómo en momentos de extrema miseria el hombre es capaz hacer trabajar su creatividad hasta límites desconocidos. Como suele decirse, la necesidad agudiza el ingenio.
FUENTES

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