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| «Head Augustus of Prima Porta» |
Aludir al prestigio de una estirpe para evitar un castigo era un recurso natural, sobre todo en la Antigüedad. Pero, ¿y si además de presumir de familia, se tuviera como comodín la posesión del primer suelo donde reposó Augusto al nacer? Según Paulino Suetonio, Cayo Letorio esgrimió este argumento frente al Senado de Roma para defenderse de unas acusaciones de infidelidad. Ahora bien: ¿quién fue este Augusto, que incluso su nombre parece ser un argumento suficiente para defenderse en un juicio?
Cayo Octavio Turino -es conveniente comenzar nombrándolo así- nació en la Ciudad del Tíber un 13 de septiembre del 63 a. C., durante el consulado de Cicerón. A pesar de provenir de una estirpe rica y de linaje, en la que su padre fue el primer senador de la familia, sus antepasados tanto paternos como maternos provenían del orden ecuestre, un grupo social acomodado que basaba sus ingresos en profesiones como el comercio o la usura. Según estipulaba la Ley Claudia del 218 a.C., no podían pertenecer a la élite política romana, en tanto que sólo podían formar parte del Senado los que viviesen del fruto de la tierra a la que, en definitiva, únicamente tendría acceso una oligarquía terrateniente.
El padre del joven Octavio fue una persona de prestigio: ostentó una pretura y gobernó Macedonia sabiamente, así como obtuvo el cognomen de Turino por sofocar una rebelión de esclavos en Turios. Fue padre de dos niñas más, aparte del su ya mencionado hijo varón: Octavia la Mayor, fruto de un matrimonio con Ancaria, y Octavia la Menor, de Atia, quien fue hija de la hermana de Cayo Julio César. Ello convertía al dictador en tío-abuelo del chico. Cayo Octavio Turino padre acabó por morir cuando su descendiente contaba con sólo cuatro años de edad.
A los catorce años, Octavio se desprendió de la toga praetexta usada por los niños para vestir la viril, y es aquí cuando se recoge una anécdota significativa en el Foro. En el momento de quitar sus vestiduras éstas se deslizaron hasta los pies del adolescente, interpretándose como un augurio de grandeza: el Senado, algún día, estaría a su merced. Llegado a los dieciocho, Octavio se encontraba en Apolonia cuando su tío-abuelo, César, fue asesinado en una conspiración durante los idus de marzo del 44 a. C. en una sesión senatorial, cayendo a los pies de la estatua de quien fue su rival durante la guerra civil: Pompeyo. A partir de entonces, y cuando fue abierta el Acta Caesaris -el testamento de Julio César-, el joven Turino pasó a llamarse Cayo Julio César, si bien la historiografía usa el Octaviano para diferenciarlo del dictador.
A partir de entonces, la República, que ya desde los hermanos Tiberio y Cayo Graco afrontaba momentos de tensión, violencia y guerras civiles, se sumió en una nueva etapa de caos donde no fueron pocas las maniobras políticas entre unos y otros con el fin de favorecer los intereses. Así, veremos a un muy inteligente y frío Octaviano –nos referiremos a él así a partir de ahora- que no dudó en enfrentarse a Marco Antonio y aliarse con el Senado, cuyo gran representante era Marco Tulio Cicerón, quien hubo de hallarse en contra del magister equitum (traducido como mariscal de caballería) de César lanzando sus famosas cuatro Filípicas. Sin embargo, cuando ya en época del triunvirato empezaron a elaborarse las listas de proscritos que contenían a todo enemigo de la causa cesariana, donde no hubo pocas venganzas personales, Cicerón fue abandonado por Octaviano y asesinado por Marco Antonio.
El denominado Segundo Triunvirato queda definido como una especie de triple dictadura, donde Lépido, Antonio y Octaviano se repartieron las provincias occidentales. Esto sucedió en el año 43 a. C., y tendría una duración de cinco años. No obstante, la paz no quedó asegurada con esto: Lépido, el más débil de los dos, acabó fuera del juego político, que volvió a enfrentar a las personalidades de Marco Antonio y Octaviano. Ése intentó apaciguar los ánimos casando a su hermana Octavia la Menor con el triunviro, pero los dioses –o el destino- quisieron que el heredero de Julio César saliera favorecido por las circunstancias: mientras Antonio luchaba contra los partos en Oriente, el hijo biológico de Turino vencía a Sexto Pompeyo en el mar y llevaba una inteligente política administrativa en Italia, lo que le dio buena fama entre el pueblo. A ello hay que sumarle, además, el despecho por Octavia y el acercamiento del antiguo magister equitum de César a Cleopatra VII, vencidos ambos en la batalla de Actium en el 31 a. C.
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| «Augustus of Prima Porta» |
Tras su encumbramiento, Augusto cambió esa imagen fría y calculadora de los años del triunvirato por una más apaciguada y reflexiva. Su gobierno se destacó por acabar con el período convulso del final de la República y llevar a cabo una política exterior de pacificación, donde hay que destacar, como anécdota curiosa, un hecho sucedido en Hispania, cuando el Emperador realizó una campaña contra los cántabros y un rayo cayó cerca de él. Ante esto, el princeps ordenó edificar en Roma un templo a Júpiter Tonante porque creía que el dios le había salvado del rayo.
Bajo su gobierno emprendió obras administrativas, tanto a nivel de Estado reorganizando las provincias –Hispania por ejemplo quedó dividida en la Tarraconense, la Lusitania y la Bética- y creando nuevos impuestos que ayudaran a sanear la economía romana; reformó el Senado, y concibió nuevas instituciones que le ayudasen con el gobierno. Con todo, Augusto dejó atrás tiempos aciagos y violentos para traer la paz al imperio e inaugurar una nueva etapa de prosperidad y esplendor conocido como Pax Romana. Ejemplo de ello fueron sus últimas palabras públicas: “Observad que encontré una Roma hecha de ladrillos, y yo os la dejo de mármol”.
Finalmente, murió el 19 de agosto del 14 d. C. Tras ello, el emperador Augusto fue divinizado por el Senado de Roma, y el sexto mes del año, que hasta entonces era conocido como Sextilis, pasó a llamarse agosto en memoria del emperador fallecido. Un emperador vinculado a una estirpe que se hizo relacionar con Venus. Un emperador que fue proclamado dios y fue adorado como tal.
FUENTES Y REFERENCIAS:
- SUETONIO, Vidas de los doces Césares, Libros I-III, Introducción de V. Picón García y traducción y notas de R. M. Agudo Cubas, Biblioteca Básica Gredos (Madrid 2001).
- TÁCITO, Anales, Edición de Beatriz Antón Martínez, Akal Clásica (Madrid 2007).
- ROLDÁN HERVÁS, J. M., Césares: Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. La primera dinastía de la Roma imperial (Madrid 2008).
- FERNANDEZ NIETO, F. J. (coord.), Historia Antigua de Grecia y Roma (Valencia 2005)
- PETIT, P., La paz romana (Barcelona 1976).
- VV.AA., Diccionario de biografías Océano, v. I: Aalto Debussy (Barcelona 2000).


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