viernes, 28 de agosto de 2015

El Cementerio de Finisterre

Probablemente se trate de uno de los enclaves más peculiares del mapa geográfico español, plagado de leyendas y envuelto en la inmensidad del Océano Atlántico. "Finis terrae" protagonizaba el cuento del fin del mundo cuando la tierra se consideraba "plana". Más allá sólo se encontraba el mar, el final. Hoy en día, se trata de un municipio gallego envuelto en la rutina de los peregrinos que se aventuran a realizar el Camino de Santiago. De éste también se considera el final, donde en su precioso Faro, ubicado en el confín de la pequeña península que corona el municipio, el peregrino quema sus botas y da cierre a una de las etapas que, los que hacen el camino, consideran una de las más enriquecedoras de su vida.

Es Finisterre, por tanto, el final geográfico, el final de un camino; y curiosamente, en el objeto de este artículo, también el final de la vida.

En un lugar absolutamente conmovedor y plagado de magia espiritual al borde del “fin del mundo”, se sitúa uno de los cementerios más peculiares del mismo. De apariencia ruda, dispersa y con intenciones miméticas; se oculta en la espesura del verdoso monte gallego, a escasos kilómetros antes de llegar al Faro de Fisterra. Pero, ¿dónde queda la idea organizada y delicada de la tipología cementerial española? ¿Dónde las pequeñas calles? ¿Dónde el blanco y la repetición de lápidas? No hay lugar en este rincón para la tradición y sí para la contemplación y el descanso en el más íntimo lugar de la belleza gallega.


Alrededor de 1997, el arquitecto gallego César Portela, proyecta este peculiar cementerio. Un proyecto dotado de una situación inmejorable, la primera y más primitiva intención del proyectista fue la concesión de un lugar idílico para el descanso eterno. La mimetización de la arquitectura hecha espíritu que conseguía fundirse con la naturaleza hasta resbalar al imponente mar de la Costa da Morte, donde sólo quedase tierra, mar y cielo.
El arquitecto pretende incurrir en cuestiones antropológicas rompiendo cánones estandarizados de la diversidad humana, reduciendo al ser humano a la única existencia de sí mismo, al igual que el resto, siendo uno más, impuesto en la inmensidad de la Tierra. Absorto y descalabrado, el humano acaba rendido a la grandiosidad de la naturaleza, de obligada contemplación.  

Y absolutamente lo consigue: la simpleza de la pieza de granito, su ambigua colocación, y sorprendentemente la insignificancia de su tamaño con respecto al entorno, prácticamente obligan a la mirada a dirigirse al mar, a mirar al frente, a no prestar atención a la obra arquitectónica para centrarse en el sentimiento "de hormiguita" que experimenta el ser humano. Un humano vacío, repetitivo como los otros siete mil millones más, despojado de condiciones sociales o económicas. Se acaba la diversidad para reducirse a dos conceptos: la inmensidad del universo y tú.


Como consecuencia de tan ambicioso proyecto teórico, de firmes ideas que escapan del habitual asentamiento arquitectónico; plantea una tímida pisada de una serie de bloques de granito, dispuestos de manera aleatoria, donde cada uno guarda en su interior doce repetitivos nichos. La idea de asentamiento primigenio radica en el carácter majestuoso de la naturaleza que imprime el arquitecto sin llegar a dejar rastro; no existen calles para el visitante, ni espacios de descanso o de venta de flores. Las piezas se sumergen en el desmonte que finaliza en el mar, proporcionando unas vistas espectaculares al usuario del cementerio, que descansará sin duda en un lugar único.  Los catorce cubos de granito se encuentran complementados por tres más que se sitúan en la parte de arriba haciendo las funciones de sala de autopsia, depósito y capilla; además de un jardín de plantas aromáticas que hoy en día se hallan sepultadas por la maleza.

Se trata de un proyecto altamente reconocido a nivel arquitectónico, siendo finalista en premios Philippe Rotthieer (2002) y Mies van der Rohe (2003), reconocido como una de las mejores obras funerarias del mundo por Oxford y alabado en unas 50 publicaciones especializadas1. Tan valorado como el trabajo de su autor a lo largo de su extensa y brillante carrera.

Aún así, las consecuencias de este proyecto, finalizado en 1999, no han sido tan buenas como las vistas que ofrece o sus innegables puestas en valor. La aceptación por parte del futuro usuario, es decir, del habitante del municipio, no ha sido del todo receptiva, por lo que actualmente se encuentra totalmente en desuso. De hecho, es fácil realizar una búsqueda rápida en internet para encontrarse titulares como “El cementerio sin muertos” o “El cementerio muerto”. Su difícil acceso, la ausencia de indicaciones y la lejanía con la iglesia, han sido algunos de los motivos que han llevado al rechazo de los ciudadanos para ser enterrados allí. Prefieren un lugar más “acogedor” que permita la visita de manera inmediata; ya que su localización en el camino del peregrino al Cabo es del todo insospechado.

En los últimos años fue usado como alojamiento por personas sin hogar, quienes, más tarde, fueron evacuados del lugar con intenciones de recuperar la funcionalidad para la que fue creado. Actualmente está absolutamente abandonado, sin obtener solución burocrática por parte del Ayuntamiento.

Entonces, solo basta preguntarse: ¿significa un mero alarde de la arquitectura contemporánea? ¿Está justificada según las intenciones del creativo? ¿Es, por tanto, necesario alejarse tanto de la tipología tradicional para responder a un nuevo lenguaje?
Rosario Amador.

Fuentes:

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