Probablemente se trate de uno de los enclaves más peculiares del mapa geográfico español, plagado de leyendas y envuelto en la inmensidad del Océano Atlántico. "Finis terrae" protagonizaba el cuento del fin del mundo cuando la tierra se consideraba "plana". Más allá sólo se encontraba el mar, el final. Hoy en día, se trata de un municipio gallego envuelto en la rutina de los peregrinos que se aventuran a realizar el Camino de Santiago. De éste también se considera el final, donde en su precioso Faro, ubicado en el confín de la pequeña península que corona el municipio, el peregrino quema sus botas y da cierre a una de las etapas que, los que hacen el camino, consideran una de las más enriquecedoras de su vida.
Es Finisterre, por tanto, el final geográfico, el final de un camino; y curiosamente, en el objeto de este artículo, también el final de la vida.
En
un lugar absolutamente conmovedor y plagado de magia espiritual al borde del
“fin del mundo”, se sitúa uno de los cementerios más peculiares del mismo. De
apariencia ruda, dispersa y con intenciones miméticas; se oculta en la espesura
del verdoso monte gallego, a escasos kilómetros antes de llegar al Faro de
Fisterra. Pero,
¿dónde queda la idea organizada y delicada de la tipología cementerial
española? ¿Dónde las pequeñas calles? ¿Dónde el blanco y la repetición de
lápidas? No hay lugar en este rincón para la tradición y sí para la
contemplación y el descanso en el más íntimo lugar de la belleza gallega.
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Alrededor
de 1997, el arquitecto gallego César Portela, proyecta este peculiar
cementerio. Un proyecto dotado de una situación inmejorable, la primera y más
primitiva intención del proyectista fue la concesión de un lugar idílico para
el descanso eterno. La mimetización de la arquitectura hecha espíritu que
conseguía fundirse con la naturaleza hasta resbalar al imponente mar de la Costa
da Morte, donde sólo quedase tierra, mar y cielo.
El arquitecto pretende
incurrir en cuestiones antropológicas rompiendo cánones estandarizados de la
diversidad humana, reduciendo al ser humano a la única existencia de sí mismo,
al igual que el resto, siendo uno más, impuesto en la
inmensidad de la Tierra. Absorto y descalabrado, el humano acaba rendido a
la grandiosidad de la naturaleza, de obligada contemplación.
Y absolutamente lo consigue: la simpleza de la pieza de granito, su ambigua colocación, y sorprendentemente la insignificancia de su tamaño con respecto al entorno, prácticamente obligan a la mirada a dirigirse al mar, a mirar al frente, a no prestar atención a la obra arquitectónica para centrarse en el sentimiento "de hormiguita" que experimenta el ser humano. Un humano vacío, repetitivo como los otros siete mil millones más, despojado de condiciones sociales o económicas. Se acaba la diversidad para reducirse a dos conceptos: la inmensidad del universo y tú.
Se
trata de un proyecto altamente reconocido a nivel arquitectónico, siendo
finalista en premios Philippe Rotthieer
(2002) y Mies van der Rohe (2003), reconocido como una de las mejores obras
funerarias del mundo por Oxford y alabado en unas 50 publicaciones
especializadas1. Tan valorado como el trabajo de su autor a lo
largo de su extensa y brillante carrera.
Aún
así, las consecuencias de este proyecto, finalizado en 1999, no han sido tan
buenas como las vistas que ofrece o sus innegables puestas en valor. La
aceptación por parte del futuro usuario, es decir, del habitante del municipio,
no ha sido del todo receptiva, por lo que actualmente se encuentra totalmente
en desuso. De hecho, es fácil realizar una búsqueda rápida en internet para
encontrarse titulares como “El cementerio sin muertos” o “El cementerio
muerto”. Su difícil acceso, la ausencia de indicaciones y la lejanía con la
iglesia, han sido algunos de los motivos que han llevado al rechazo de los
ciudadanos para ser enterrados allí. Prefieren un lugar más “acogedor” que
permita la visita de manera inmediata; ya que su localización en el camino del
peregrino al Cabo es del todo insospechado.
En
los últimos años fue usado como alojamiento por personas sin hogar, quienes,
más tarde, fueron evacuados del lugar con intenciones de recuperar la
funcionalidad para la que fue creado. Actualmente está absolutamente
abandonado, sin obtener solución burocrática por parte del Ayuntamiento.
Entonces,
solo basta preguntarse: ¿significa un mero alarde de la arquitectura
contemporánea? ¿Está justificada según las intenciones del creativo? ¿Es, por
tanto, necesario alejarse tanto de la tipología tradicional para responder a un
nuevo lenguaje?
Rosario
Amador.
Fuentes:

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