Este monumento, llamado El Templo de Kukulcán se encuentra en una de las zonas arqueológicas más importantes de la cultura maya, el Chichén Itzá. Kukulcán es el Dios al que se le dedica todas las edificaciones que se encuentran en esta especie de ciudad maya, que fue tomado del panteón de la cultura tolteca.
Y os preguntaréis, ¿Qué tiene esto que ver con la ganadora del Primer Concurso de Relatos de Toda una Amalgama? Pues es muy fácil. Este precioso monumento procedente de una de las primeras civilizaciones que existieron en nuestro planeta, se encuentra en Yucatán. Y la conexión es que en Yucatán (México) se crió la protagonista de nuestro artículo.
Aunque sí es cierto que María no nació allí. Su primer suspiro tuvo lugar en la Ciudad de México. Pero como ya he dicho antes, pasó su infancia en uno de los Estados de la República Mexicana, que con palabras suyas lo describe como "un lugar con un encanto distinto al resto del país y poseedor de una gastronomía y un acento propios".
Se podría decir que desde entonces María tiene esa pasión por todo lo escrito. También es cierto que de casta le viene al galgo, ya que su abuela Helena era una gran aficionada a la literatura, cuentacuentos y muy amable, que dejaba que María curioseara y arreglara sus libreros. "Esta tarea me llevaba días enteros, porque me encantaba meter mi naricilla pecosa en cuanto ejemplar tocaba".
Una de las palabras que podrían describir rápidamente a nuestra protagonista es fantasiosa. "Fueron las leyendas de Mayab, las anécdotas fantasmagóricas de su familia y la brisa que pasaba entre los anaranjados flamboyanes (árboles típicos de México, Cuba y Guatemala) los culpables de que yo sea así". Pero también dice ser feliz por cómo es.
Uno de sus sueños se cumplió un día en el Caribe cuando conoció a uno de los poetas a los que más admiraba. Un tiempo antes de este acontecimiento, María ya solía escribir poemas y soñar con conocer a sus ídolos. Una cita que dice recordar es una que aparece en una canción de Luis Eduardo Auté que dice así: "En el Caribe se vive como se escribe", por eso trata de escribir bien.
Actualmente María José reside en un lugar llamado Punta Maroma,junto a la Rivera Maya, del cual a veces duda de su existencia.
Las increíbles playas de Punta Maroma.
Dice no tener ninguna formación literaria, solo se acerca a los escritores a los que admira y trata de aprender de ellos. Ha tenido la suerte en muchas ocasiones de reunirse con especialistas en el tema, como compositores, escritores y poetas, que le han contagiado esa pasión por las letras que muchos de nosotros podemos llegar a conocer y conocemos. La literatura es para ella un sueño diario más que un proyecto de futuro afortunadamente. Posee un libro de poemas y una novela inédita de su puño y letra.
En lo que se refiere a su primer relato que presentó en la primera fase del concurso, dice ser una anécdota real, aunque para muchos cueste creerlo. No le importa que muchos lo consideren ficción, ya que lo único que quiere mostrar es que la magia está presente cada día en nuestras vidas, aunque muchos nos empeñemos en no verla. La clave está en sonreírle, para que cada vez esta se vaya acercando un poco más a nosotros.
Su objetivo desde el principio fue pasar a la segunda fase del concurso para poder como dice ella "explayarse". También quería ganar, y tenía la confianza necesaria para poder llevarlo acabo. Un dato curioso es que el cuento que fue presentado por primera vez en nuestro blog, será posiblemente musicalizado en México por una maestra de danza. Puede que algún día lleguemos a verlo en nuestros respectivos países.
El segundo relato estaba inspirado en una visita a Egipto y la gran mayoría del relato estaba inspirado en hechos reales. No se cayó en ninguna parte, pero si se enfrentó directamente a la situación de las mujeres en Egipto. Siti es de alguna forma la voz acallada que grita silenciosamente de todas las mujeres egipcias, mujeres valientes que necesitan que les tendamos la manos para poder progresar.
No es experta en el tema, pero como toda buena escritora leyó, investigó e hizo preguntas, todas las que pudo. Finalmente se puso en los zapatos de cualquier mujer en esa situación, y padeció su dolor. El abrazo del relato no ocurrió pero realmente pudo sentirlo. Además ella como toda mujer, ha sido víctima alguna vez, por muy pequeño que sea el gesto, de machismo en su país.
Imagen de: lanación.com
Dice que se esperaba ganar, porque puso todo su corazón en el relato, y cuando pones tu corazón por completo en algo, los resultados suelen ser siempre buenos.
Participaría sin dudarlo en un nuevo concurso de relatos en nuestro blog. "Confío en ustedes. No me importa que no haya un premio físico porque lo que me importa es saber que van a ser honestos".
Para finalizar nuestro breve paseo por la figura llena de matices de María José Moreno, os dejo una fotografía para que podáis poderle rostro a todas estas palabras y a esta historia tan extensa, que sin duda un día de esto reconoceremos seguramente en la portada de un libro o en la televisión.
También os adjunto por petición de ella misma, el segundo relato mejorado y corregido.
María José como muchos de vosotros, es un ejemplo de todas las personas diferentes, con sus historias, sus diferencias que se agrupan en Toda una Amalgama, que cada vez tiene un nombre más sentido y más cierto.
“Ya
sé quién soy”
Por
María José Moreno
Ahora
sé que caí a un socavón, tal vez cerca del Valle de las Reinas o
en Karnak. Tenía transportación comprada en la agencia de viajes
del barco para los dos sitios.
Abrí
los ojos en una oscuridad profunda y me sentí adolorida. Estaba
recostada en un piso fresco, sin sábana. Pensé en la posibilidad de
haber sido enterrada viva; al estirar brazos y piernas descubrí el
espacio que me rodeaba y me di cuenta de que no era así. Logré
incorporarme, dar unos pasos; mi cabeza tampoco topaba con nada,
levanté los brazos lo más alto que pude y descubrí que no podía
tocar el techo, pero había un techo; lo sabía porque hacía
muchísimo calor y no se veían las estrellas. Caminé unos dos
metros y toqué pared, bueno no era pared, toqué tierra. Tenía
muchas ganas de llorar pero me impresionaba no sentir miedo sino una
especia de resignación. ¿Habría sido prisionera? Pensaría alguien
cambiarme por gallinas y camellos como en las crónicas de viajes que
alguna vez leí. Era estúpido. Nadie me buscaría, nadie pagaría mi
rescate. ¡Nadie! Me di cuenta que estaba sola en el mundo. Mi
familia en Oaxaca no tenía la menor idea en qué parte del mundo me
encontraba ni tampoco en qué barco viajaba. La gente que había
conocido en el crucero sabía que estaba cansada y deseaba regresar a
mi país. Era cosa común dejar de ver viajeros durante varios días
porque había excursiones por tierra que regresaban al barco a veces
en otra ciudad o en otro país.
Seguí
caminando tocando la tierra alrededor, era un agujero como de unos
cinco metros de diámetro. Alguien tosió suavemente. Y oí que
comenzaba a rezar en francés. Era otra mujer. Tampoco lloraba ni se
desesperaba. Sólo oraba y respiraba profundo aunque teníamos aire
suficiente. Me atreví a preguntarle en inglés porque no recordaba
una sólo palabra del francés que hace algunos años estudiara. ¿Qué
pasó? Respondió en perfecto inglés que habíamos caído, que ella
estaba tomando unas fotos en un patio y yo examinaba una pared, me
pidió que le tomara una foto y que al devolverle la cámara pisamos
un lugar donde la tierra arenosa se hundió. Eso fue hace mucho
tiempo dijo, como un día completo. Me contó que estuve inconsciente
y decidió no moverme, se aseguró de que respiraba. Ella tampoco
estaba herida. Sólo le dolía mucho un brazo pero podía moverlo sin
problema.
Me
senté junto a ella, por su voz calculé que era una mujer joven. No
recordaba entonces el accidente, ni el episodio de la foto ni nada de
lo que me narró.
Seguía
sin llorar aunque por ratos la voz se le entrecortaba. No sentía
hambre ni sed. Mis ojos comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad,
pude ver arriba el agujero unos dos metros arriba, era la única
ventilación que teníamos y sí, era una noche sin estrellas.
La
noche sin estrellas más larga de mi vida. La noche sin estrellas
donde supe que la amistad no es algo que uno decida. La vida, Dios,
el destino como quiera que se llame lo que nos maneja o juega se
encarga de todo. No sé si somos un experimento, si somos los dioses
o los mortales con alma inmortal como dicen los católicos pero sentí
que esa mujercita junto a mí estaba conmigo por alguna razón. “Nada
es casualidad” dicen los que repiten frases y en eso al menos no se
equivocan. Había una razón para que dos mujeres, una más joven que
la otra, una musulmana y una sin religión, una que hablaba francés
– y árabe, según supe más tarde- estuvieran esa noche sin
estrellas, sin agua, sin comida, sin luz y sin saber nada la una de
la otra, sentadas juntas, adoloridas, solas y aun así sonreír, sí,
sonreímos cuando un murciélago nos asustó al entrar y girar por
nuestro socavón, salió y volvió a entrar de nuevo como para
asegurarse de que su radar no se equivocaba, dos mujeres adentro de
una cueva. Sentadas tranquilas. Concentradas en no pensar, en dejar
volar los pensamientos cargados de serpientes, ratas, hombres
malvados o alimentos que no podíamos tener.
No
hay hambre, no hay dolor, no hay pensamientos esos que vuelan son
pesadillas a las que hay que ignorar, trata de no engancharte. No
pienses le decía de vez en cuando a mi compañera de desgracia. No
sé si me comprendía, ella sólo suspiraba de vez en cuando. Tampoco
sé en qué momento volví a dormirme pero desperté con un dolor
fuerte de cabeza, tal vez por el golpe al caer o por la falta de
alimento. Una luz se filtraba por la boca del agujero.
Me
llamo Siti dijo mi compañera extendiendo la mano. Al fin pude ver su
rostro, que sin ser bello era agradable, había encontrado sus lentes
de graduación y los limpiaba con el burka que ya se había quitado.
El piso donde estaba recostada ya no era fresco, el calor era muy
desagradable, estaba yo transpirando y eso me hacía sentir
deshidratada. Siti señaló mi bolsa de mano que estaba tirada cerca
de nosotras y no entiendo cómo no la pise en mi pequeña caminata de
exploración durante la noche. La levanté y la abrí. Rebusqué y
encontré mi celular todavía tenía un poco de pila y por supuesto
nada de señal; pude ver la hora, eran las 5:01 de la mañana.
Amanecía. Encontré un paquetito de galletas saladas que llevaba por
los mareos en el barco. Lo compartí con mi nueva amiga. Ella sonrió,
entonces sí la vi realmente hermosa. Caminé de nuevo por nuestra
cueva. Definitivamente no era una tumba que habíamos descubierto ni
había inscripciones en las paredes, tampoco figurilla alguna
esperando salir a la luz. Era nada más una galería que se había
formado tal vez a causa de excavaciones cercanas.
Siti
me dijo: estamos en “To
set neferu, lugar
de la belleza”. Abrí de nuevo mi bolsa con la idea de pedirle que
me señale en mi Ipad el lugar exacto donde estabamos pero el aparato
estaba despedazado. – Era imposible que no se hubiese roto si caí
encima de tu bolsa y de ti- Yo no estuve inconsciente. Añadió.
Siti
llevaba unos jeans y una camiseta de manga larga. Yo tenía puesta
una blusa con manga corta y unos jeans similares a los de ella. El
calor era muy desagradable. Me recosté sobre el suelo cada vez más
caliente y lloré quedito para que ella no lo notara. No me gustaba
estarme horneando, era sólo eso. Había comprendido que no pedirían
rescate por mí y que no había sido raptada por un guapo Egipcio que
me pediría que fuera su esposa, no, nada por el estilo.
Ahora
sí mi estómago chillaba, se retorcía y clamaba por alimento. De
pronto unas voces, unos hombres con lámparas, buscaban a Siti.
Gritaron algo en árabe y ella les respondió en el mismo idioma. Los
hombres se fueron, ella me explicó que irían por una escalera. Uno
de ellos era su hermano parecía muy enojado.
Buscó
de nuevo su burka, estaba lista para ponérselo antes de salir del
hoyo.
No
se notaba aliviada como yo, sino triste, había acabado su aventura.
Le pregunté si era forzoso que usara esa prenda y me dijo que sí,
me dijo algo que estoy segura nunca olvidaré y que de cierta manera
le dio sentido a mi vida. Me miró a los ojos a través de sus lentes
de armazón grueso, su mirada colérica y rojiza me despierta todavía
en las noches. Y recuerdo una y otra vez sus palabras.
Tiene
que saber el mundo, que las mujeres árabes estamos cansadas pero no
dejaremos de pelear por nuestros derechos. Cada vez es peor, nuestras
abuelas no usaban esto dijo agitando la prenda negra. Ellas usaban el
chador cuando salían a la calle. Vamos retrocediendo. Estamos
desesperadas. Prométeme que cuando llegues a tu país, harás algo
por nosotras. Hablarás aunque te peguen los hombres.
Estuve
a punto de decirle que en mi país los hombres no golpean a las
mujeres pero me mordí la lengua al pensar en todas esas imágenes de
mujeres golpeadas que veía seguido en las revistas y periódicos.
Volví a oír los gritos de aquella vecina que después negaba a la
policía que su marido la golpeaba. Así que no dije nada.
Sólo
asentí sin poder pronunciar palabra alguna. La abracé, sentí lo
delgada y frágil que era, ella rompió a llorar repitiendo. “Ser
mujer en Egipto es un infierno, es un infierno, es un infierno…”
Un
tiempo después los hombres llegaron. Nos ayudaron a salir, después
nos golpearon, me llevaron a su casa, Siti ya no me hablaba apenas me
miraba, avergonzada; sin levantar la cabeza.
Me
lastimaron, ellos no entendían ni una palabra de inglés, ella no
les decía que yo no era estadounidense, ellos creían que lo era
porque mencionaban al presidente y gritaban enloquecidos… Ella
olvidó el inglés y el francés llegó la noche y yo sí era su
prisionera. A partir del día siguiente me mantuvieron aparte de
ella, no querían que la contaminara ni tampoco a las otras mujeres a
las que ni siquiera vi, aunque oía sus voces murmurantes.
No
volví a ver mi bolsa, ni mis papeles. Estuve en esa prisión donde
al menos me daban de comer y de beber. Nadie me hablaba. Enloquecí
si es que antes no estaba loca ya. No sé si fueron días o fueron
semanas porque no he querido saber.
Un
día soñé que un hombre me llevaba en sus brazos, que me sacaba de
un río casi ahogada y caminaba conmigo bajo el sol.
Desperté
en una oficina, estaba vestida con ropa limpia. Me explicaron que
unos hombres asiáticos me entregaron diciendo que me habían
encontrado drogada tirada en un camino hablando un idioma
desconocido. Estaba en la embajada, me habían identificado y
esperaban mi pasaporte y demás documentos que ya la compañía de
cruceros había enviado.
Reconocí
entonces la ropa de Siti. En un bolsillo de los jeans encontré un
papel doblado; era una carta de ella donde me bendecía y pedía
tuviera corazón para perdonar a su gente y recordara mi promesa.
Ella en complicidad de las otras mujeres me había puesto una droga
en mi comida. Había urdido un plan para protegerme. Me pusieron a la
orilla de una carretera donde un camión de turistas japoneses me
encontró. Ella sabía que eso pasaría. Estaba de acuerdo con una
mujer guía.
Horas
después volé a Barcelona donde retomé el barco como si nada
hubiera pasado.
Terminé
el crucero y llegando a mi país me inscribí en algunas asociaciones
de protección a la mujer.
Ahora
no sólo sueño con un fantasma a quién le agradezco que me haya
salvado sino que me he vuelto activista. Ahora estoy más segura que
nunca quién soy y quién fue él…



Que vivencia tan triste y al mismo tiempo tan positiva! Si, es necesario tratar de hacerle entender al mundo, que las mujeres no somos seres inanimados, somos seres sensibles y queremos vivir como corresponde. Lo que hagamos por ellas (aunque sea poquito) puede evitar que este horror continúe. Felicitaciones a María José Moreno, una mujer valiosa, sencilla, sensible y que nos llama a dar ayuda a quienes tanto lo necesitan.
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