Algunas de las muchas y variadas formas de asesinato juegan a la paradoja y llevan el nombre equivocado, como es el caso de la guillotina, método que el médico y diputado francés, Joseph Ignace Guillotine, tenaz batallador contra la pena capital, recomendó con el fin de proporcionar un fin más compasivo a los reos condenados a muerte. Otros, sin embargo, hacen justicia y llevan el nombre criminal de quien los creó. Es el caso del Método Burke.
En 1832, el Parlamento británico aprobó la Ley de Anatomía, que daba una mayor libertad tanto a los médicos británicos como a los profesores y estudiantes de esta disciplina para diseccionar cuerpos que hubieran sido donados a la ciencia. La razón de que el Parlamento diera luz verde a una ley como esta se debió al temor por los ladrones de cuerpos y al comercio ilegal de cadáveres que en aquellos años se propagó por el país como una plaga.
Hasta entonces, había venido aplicándose la Ley Murder, aprobada en 1578, que, a fin de prevenir el crimen nefando de asesinato así como de añadir una mayor infamia a los condenados por tal delito, establecía para los asesinos declarados culpables un castigo que alcanzaba más allá de la muerte, el de que sus cuerpos no podrían ser enterrados sino que habrían de ser enviados a las facultades de medicina, donde servirían para el estudio de la anatomía en disecciones públicas.
Durante el siglo XIX, se produce un avance significativo de la ciencia médica. Precisamente en esa época (siglo XVIII y gran parte del XIX), la Facultad de Medicina de Edimburgo se había transformado en uno de los principales centros del saber en lo que se refiere al campo médico. Sin embargo, en el siglo XIX, la facultad se va a topar con un serio problema para impartir la asignatura de anatomía. Se calcula que, para llevar a cabo sus enseñanzas, los profesores precisaban de más de medio millar de cuerpos al año. Sin embargo, el número de ejecuciones se había reducido de forma notable, pues tan solo un promedio de 50 personas eran condenadas a la pena capital anualmente. Y, puesto que, tal y como establecía la Ley Murder, solo los cuerpos de aquellos que habían sido declarados culpables de asesinato y condenados a pena de muerte podían ser utilizados para la disección, los anatomistas se vieron obligados a recurrir a medios que pondrían los pelos de punta al Reino Unido: el del robo de cadáveres.
Surgen así los llamados resurreccionistas, hombres que desenterraban los cuerpos de personas recién fallecidas y los vendían a los médicos secretamente. La extensión de
esta práctica forzó a los familiares de los finados a tomar medidas que
evitaran la profanación de las tumbas de sus seres queridos. Fue así
como surgieron los vigilantes de cementerios, se construyeron mausoleos y
se protegieron las sepulturas con una especie de armazón, fabricado con
barras y láminas de hierro que cubría la tumba, al que se dio el nombre
de mortsafe.
En 1832, el Parlamento británico aprobó la Ley de Anatomía, que daba una mayor libertad tanto a los médicos británicos como a los profesores y estudiantes de esta disciplina para diseccionar cuerpos que hubieran sido donados a la ciencia. La razón de que el Parlamento diera luz verde a una ley como esta se debió al temor por los ladrones de cuerpos y al comercio ilegal de cadáveres que en aquellos años se propagó por el país como una plaga.
Hasta entonces, había venido aplicándose la Ley Murder, aprobada en 1578, que, a fin de prevenir el crimen nefando de asesinato así como de añadir una mayor infamia a los condenados por tal delito, establecía para los asesinos declarados culpables un castigo que alcanzaba más allá de la muerte, el de que sus cuerpos no podrían ser enterrados sino que habrían de ser enviados a las facultades de medicina, donde servirían para el estudio de la anatomía en disecciones públicas.
Durante el siglo XIX, se produce un avance significativo de la ciencia médica. Precisamente en esa época (siglo XVIII y gran parte del XIX), la Facultad de Medicina de Edimburgo se había transformado en uno de los principales centros del saber en lo que se refiere al campo médico. Sin embargo, en el siglo XIX, la facultad se va a topar con un serio problema para impartir la asignatura de anatomía. Se calcula que, para llevar a cabo sus enseñanzas, los profesores precisaban de más de medio millar de cuerpos al año. Sin embargo, el número de ejecuciones se había reducido de forma notable, pues tan solo un promedio de 50 personas eran condenadas a la pena capital anualmente. Y, puesto que, tal y como establecía la Ley Murder, solo los cuerpos de aquellos que habían sido declarados culpables de asesinato y condenados a pena de muerte podían ser utilizados para la disección, los anatomistas se vieron obligados a recurrir a medios que pondrían los pelos de punta al Reino Unido: el del robo de cadáveres.
Surgen así los llamados resurreccionistas, hombres que desenterraban los cuerpos de personas recién fallecidas y los vendían a los médicos secretamente. La extensión de
esta práctica forzó a los familiares de los finados a tomar medidas que
evitaran la profanación de las tumbas de sus seres queridos. Fue así
como surgieron los vigilantes de cementerios, se construyeron mausoleos y
se protegieron las sepulturas con una especie de armazón, fabricado con
barras y láminas de hierro que cubría la tumba, al que se dio el nombre
de mortsafe.
Los bloques de piedra que con frecuencia colocaban sobre ellos hacían muy difícil la exhumación del cadáver a los resurreccionistas. Y entonces, algunos de estos dieron un paso espeluznante: el del asesinato. Tal fue el caso de William Burke y William Hare quienes, en menos de un año, cometieron casi una veintena de homicidios con el fin de vender, luego, los cuerpos de las víctimas al anatomista y profesor Robert Knox.
Todo comenzó, casi al azar, la noche del 29 de noviembre de 1827. William Hare, que regentaba una casa de huéspedes, decidió recuperar las cuatro libras que uno de sus inquilinos le había dejado a deber tras fallecer de muerte natural. Junto a Burke, Hare llenó el ataúd con cortezas de árbol y llevó el cadáver del anciano a la universidad de Edimburgo, en busca de un comprador que acabó siendo Robert Knox, un reputado anatomista, conocido también por su pericia como cirujano en la batalla de Waterloo.Después de las ganancias obtenidas por vender este cuerpo, Burke y Hare decidieron incrementar sus ingresos y comenzaron un negocio de venta de cadáveres, acelerando el proceso natural de la muerte mediante el asesinato.
Su primera víctima fue otro de los inquilinos que habitan la casa de huéspedes de Hare, luego siguieron quince más. Lo curioso de los asesinatos fue el método que utilizaban para cometerlos. Todas las víctimas murieron por asfixia, pero un tipo de asfixia muy particular que ha pasado a la posteridad con el nombre de Método Burke: uno de ellos inmovilizaba al elegido para la donación del cuerpo, mientras el otro le introducía los dedos índice y corazón en la nariz y, con el pulgar, sujetaba la barbilla de manera que le resultara imposible abrir la boca para respirar.
En cada una de las dieciséis ocasiones en que Burke y Hale utilizaron este método, probablemente el primero de ellos jamás llegó a imaginar que también él moriría por asfixia. William Burke fue ahorcado públicamente el 28 de enero de 1829, a las 8:15 de la mañana.
En la sentencia, el juez decretó que su cuerpo fuera diseccionado públicamente, resolución a la que se dio debido cumplimiento en la Facultad de Medicina de Edimburgo, y que su esqueleto fuera conservado como recordatorio de los atroces crímenes que cometió.
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