A diferencia del mito, definido por la RAE como “‘cosa’ a la que se le atribuye cualidades o excelencias que no tiene o, bien, una realidad de la que carece”, la mitificación constituye un hecho natural asumido como un mito. Pero sigue siendo un hecho fehaciente.Partiendo de esta premisa, nos centramos ahora en la frase que sirve de título para este artículo. Quien haya visto la película El Santo, protagonizada por Val Kilmer y Elizabeth Shue y dirigida por Phillip Noyce, recordará sin duda al excéntrico Bruno Hautenfaust, cuando Ivan Tretiak solicita sus servicios para conseguir la fórmula secreta de la fusión fría. Bruno, con su acento teutón impecable, resume el concepto de fusión fría con esas palabras: “energía limpia y gratis para todos”.
Con estas palabras también se sintetiza una de las mayores utopías de nuestra civilización, aunque la búsqueda de fuentes de energía inagotable representa una realidad fundamentada.
En primer lugar, la fusión fría engloba cualquier reacción nuclear de fusión (varios núcleos atómicos de distintos elementos se combinan para originar un núcleo más pesado de un elemento distinto en un proceso exotérmico o endotérmico) que se produzca en condiciones próximas a las normales, es decir, en torno a 0ºC y 1 atmósfera. Implica además escasa inversión económica y un gasto mínimo de energía eléctrica. No obstante, en la naturaleza, toda fusión (llamadas termonucleares por algo) se origina a millones de grados centígrados, por ejemplo en el sol.
A principios de 1989, los electroquímicos Martin Fleischmann y Stanley Pons obtuvieron varios resultados experimentales empleando celdas electrolíticas, los cuales sugerían la posibilidad de propiciar la fusión de deuterio en átomos de helio. Como resultado observaban la emisión de grandes cantidades de energía. Energía aprovechable. Esta emisión anómala de energía en forma de calor solo podía explicarse mediante la suposición de que estaban teniendo lugar procesos nucleares.
De aquel primer experimento, consistente en la electrólisis de agua pesada a través de un electrodo de paladio, aislaron productos de fusión, tales como neutrones y tritio, lo cual respaldaba la hipótesis de que había ocurrido una reacción nuclear a temperatura y presión ambientales.
Lamentablemente, los experimentos no pudieron ser reproducidos y, a finales de aquel mismo año, Fleischmann y Pons se ganaron el calificativo de científicos patológicos y fueron acusados de tratar de estafar a la comunidad científica internacional y, por consiguiente, al conjunto de la sociedad.
Otra consecuencia desagradable derivada de este engaño, además de la controversia permanente vinculada a la fusión fría, resultó el descrédito del experimento realizado ese mismo año por el físico Francesco Scaramuzzi en el laboratorio de Frascati, centro de investigación del Ente Nacional para el Estudio de la Energía Nuclear y Alternativa. Su experimento mejorado, que eliminaba la electrólisis y sustituía el electrodo de paladio por un solenoide de tritio sumergido en deuterio gaseoso, logró equilibrar la temperatura y la presión del gas hasta en dos ocasiones, produciendo así la fusión deseada.
Revisiones posteriores, en cambio, llevadas a cabo regularmente por el Departamento de Energía de Estados Unidos entre los años 1989 y 2004, han concluido que la reacción nuclear de baja energía o asistida químicamente, conocida como fusión fría, NO constituye una realidad físicamente demostrable. Tal y como esta se entiende, añado. Si avanzamos cronológicamente hasta estudios más recientes encontramos al menos tres casos naturales en los que la fusión fría se posibilita.
Por ejemplo, aquella inducida por muones, es decir, por partículas elementales equivalentes a los electrones. Difieren de estos en masa, 200 veces superior; y en órbita, 200 veces más próxima al núcleo atómico. De manera que si se sustituyen los electrones del átomo de hidrógeno por muones electrónicos, el resultado es la neutralización de la carga positiva del núcleo. Como consecuencia se desprecia la repulsión eléctrica entre protones libres, por lo que se “adhieren” a los muones circundantes mediante una fuerza nuclear fuerte. Cuando esto sucede se produce la fusión. Podríamos decir llegados a este punto, “ya está, lo hemos conseguido”. En efecto, al menos durante 2,2 microsegundos que supone la vida media de todo muón.
En la actualidad, una parte no desdeñable de la comunidad científica sigue buscando fuentes de energía por medio de reacciones nucleares de fusión en condiciones ambientales. La última innovación se basa en un fenómeno descubierto a principios de los noventa por Felipe Gaitán denominado sonoluminiscencia. Esta consiste en emisiones de distintos tipos de radiación electromagnética, tales como luz, ultravioleta, infrarrojos, etc., en el interior de burbujas sometidas a excitaciones acústicas. Las burbujas representan un colapso, en realidad, en el cual los electrones se separan de los núcleos atómicos convirtiéndose en un plasma que emite luz, como un sol diminuto, a temperaturas de hasta 30.000 grados centígrados.
El físico Rusi Taleyarkham se apoya en la sonoluminiscencia para experimentar con esta fuente de energía: burbujas que irradian luz y calor en analogía con el sol. En el año 2002 publicó en la reputada revista Science que el equipo de científicos del laboratorio Oak Ridge, el cual dirige, había conseguido observar experimentalmente emisiones de neutrones de alta energía empleando burbujas de acetona deuterada. No obstante, por el momento únicamente él y sus colaboradores han podido repetir el experimento con éxito, reavivando así la controversia iniciada a finales de los ochenta. En el 2006, una nueva publicación ratificó sus resultados iniciales. Conclusiones no exentas de utilidad, pues nuevamente, la ciencia fallida aporta material a los guionistas insaciables de Hollywood para “súper-producir” películas, entre las que destacan Spiderman 2 o Ironman.
Con todo, la búsqueda de energía “limpia y barata” no acaba con la fusión fría. Existen alternativas al alcance de la tecnología de que disponemos en la actualidad. Aludimos entonces a la Torre Wardenclyffe, más conocida como la torre de Tesla. En principio sirvió para demostrar la transmisión inalámbrica de energía entre los años 1901 y 1917. Se quedó en proyecto, ideado por el físico Nikola Tesla y financiado por el abogado y banquero James S. Warden.
La torre tuvo unos comienzos difíciles: problemas financieros; una puesta en marcha accidentada: las instalaciones ardieron parcialmente porque los materiales de baja calidad de la época no soportaron un repunte de potencia; y una despedida desastrosa: dadas sus colosales dimensiones (30 metros de altura y 81 hectáreas de superficie) fue demolida durante la I Guerra Mundial porque entorpecía el despliegue de los dirigibles del ejército.
Pero la historia de la torre de Tesla aún no ha terminado. Hace cinco años en la estepa siberiana, dos físicos rusos, los hermanos Leonid y Serguéi Plejánov comenzaron a estudiar la viabilidad de construir una torre Wardenclyffe con la tecnología y los recursos actuales. Su propuesta ha sido difundida por los medios de comunicación a mediados del 2014.
El funcionamiento de la torre de Tesla resulta teóricamente simple: placas solares mandan la energía a la torre emisora que la trasforma en ondas electromagnéticas (empleadas por las redes de telecomunicación, por ejemplo) que son proyectadas a la ionosfera. Por todo el globo, las torres receptoras captan las ondas y las vuelven a trasformar en energía útil.
Suponiendo que, de forma práctica, se edifique esta gran torre en el desierto del Sahara, la energía alcanzaría a toda la población mundial. “Cualquier desierto del planeta recibe del sol en seis horas la misma energía que necesita el mundo durante un año”, afirman los hermanos Plejánov. Imaginad ahora las posibilidades: coches, estaciones de servicio, empresas, viviendas… podrían constituir antenas receptoras en sí mismos. En el futuro, incluso, se contemplaría ubicar torres emisoras en el espacio, donde la energía del sol se recibe ininterrumpidamente.
Desmitificamos así la utopía de una fuente de energía limpia, ilimitada y sin fronteras, mientras se sigue invirtiendo en proyectos científicos incompletos que persiguen ese mismo fin.
Desmitificamos así la utopía de una fuente de energía limpia, ilimitada y sin fronteras, mientras se sigue invirtiendo en proyectos científicos incompletos que persiguen ese mismo fin.
Fuentes: extremetech.com,
actualidad.rt.com, archive.wired.com, RAE



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