jueves, 14 de agosto de 2014

Chocolate: Herencia de los Aztecas para el mundo

Cuando uno piensa en la palabra chocolate, de inmediato se le viene a la mente la imagen de un delicioso caramelo elaborado con este ingrediente, el cual puede estar relleno con algunos trozos de avellana, de algún fruto seco o con una deliciosa mezcla de dulces sabores en estado líquido. La otra imagen posible es la de una taza con esta nutritiva y vigorizante bebida, que acompaña los desayunos de millones de personas alrededor del mundo. Hoy, para el deleite del paladar de todos nuestros queridos lectores, les traigo una buena parte de la historia de este producto en su segunda versión: la de la imagen de la taza de chocolate.


El chocolate en sí es un producto extraído de las semillas del fruto del cacao, cuyo origen es netamente americano. Es el ingrediente principal de toda una gama de recetas, que incluyen cremas, postres, malteadas, galletas, helados, entre otros, que son el deleite de grandes y chicos. Entre la población infantil es uno de los sabores favoritos, especialmente en los helados y galletas. Pero quizás, lo que muy poca gente sabe, es que en su estado natural el chocolate es amargo; muy amargo.

Cuando los españoles llegaron a conquistar el territorio que hoy conocemos como México durante el Siglo XVI, se encontraron con un imperio muy poderoso, el de los aztecas, quienes cultivaban el cacao y su ingrediente primordial hacía parte fundamental de su gastronomía, todo esto dentro de un ámbito sagrado. Su comercio iba mucho más allá de sus fronteras, y tanto su cultivo como su consumo, se enmarcaban dentro de ritos ceremoniales. Su nombre proviene de la voz "nahualtl xocóatl".
 
 
El Cacao y sus semillas
 
Una vez que los conquistadores empezaron a consumir la bebida, notaron sus grandes propiedades nutricionales y energéticas, dado que sus soldados se mantenían todo el tiempo en movimiento, a veces casi sin ingerir otra clase de alimento. Esto cautivó sobremanera su interés por el producto y hacia finales de este siglo, lograron quitarle al cultivo del cacao y al consumo del chocolate, su carácter ritual o sagrado. Posteriormente, iniciaron a propagar su cultivo en América, en las regiones tropicales de México y algunos países de Centroamérica.

La fórmula de preparación se dio a conocer y Fray Aguilar envió las primeras plantas a sus colegas de la Congregación del Monasterio de Piedra (Aragón - España) con el propósito de comenzar a difundir su cultivo y su consumo en territorio ibérico. Al principio, como era de esperarse, no fue del agrado de la mayoría, debido a su sabor amargo, por lo cual su uso se limitó a efectos exclusivamente medicinales. Por aquel tiempo, la Iglesia Católica planteó una duda moral sobre el consumo de la bebida tras proclamar que podría ir en contra del ayuno eclesiástico; llegando incluso a sugerir un carácter pecaminoso. Unos años más tarde, en un convento de Oaxaca (sur de México), a unas monjas se les ocurrió  la maravillosa idea de echarle azúcar a la bebida. Esta situación, podría decir, casi sin exagerar, que llegó como una inspiración divina, como un mensaje o una orden del cosmos, porque transformó absolutamente toda la historia del chocolate. A partir de este momento, todo el mundo quedó atrapado y encantado por el aroma y el sabor de la bebida que los aztecas consumían con el más alto grado de respeto y como tributo a la benevolencia o majestuosidad de sus dioses.

La fórmula del chocolate

Las semillas del cacao una vez secas gracias a la energía del sol, debían ser tostadas,  luego trituradas y molidas. Esto se realizaba en medio de dos piedras. La piedra sobre la cual se trituraban los granos, la calentaban mediante un fuego suave a base de carbones, a manera de brasa, ubicada debajo de la piedra. La otra piedra tenía forma alargada y redondeada, lo cual permitía un agarre cómodo para las manos. Luego de varias horas de esfuerzo, las semillas soltaban su producto más preciado, una grasa brillante y espesa, acompañada de su fuerte olor característico, la cual era mezclada con azúcar y algunas especias como canela, clavos, nuez moscada y vainilla, según la preferencia de cada quien. Finalmente la molendera, pues era un trabajo exclusivamente femenino, con sus manos quemadas por el calor de las piedras calientes y por el gran esfuerzo realizado, elaboraba con la pasta resultante, las bolitas de chocolate, que por norma general debían tener cada una un peso de una onza y media. Esta era la proporción exacta para preparar con una taza de agua, una cantidad igual de chocolate. Después de secarse las bolitas, eran guardadas en recipientes cerrados para el consumo diario.

 
Bolas de chocolate

A principios del Siglo XVII, ya había sido superada la duda moral y teológica por parte de la Iglesia Católica. En las colonias españolas, ya no se cultivaba el cacao con fines netamente de exportación hacia España, sino para su consumo interno. El maravilloso néctar que España le había regalado al mundo, ya era conocido en toda Europa y los agentes principales de esta "invasión gastronómica", fueron las congregaciones religiosas. A partir de 1728, cuando Felipe V vendió la fórmula de su preparación, las chocolaterías se expandieron por el mundo.

Por aquel entonces en las colonias españolas su consumo era general. Las familias más adineradas, conservaban las bolas de chocolate en refinados cofres de nogal y tomaban la bebida en delicadas tazas de porcelana, mientras que los más pobres la consumían servida en sencillos tazones de barro vidriado. Los viajeros llevaban en sus alforjas bolitas de chocolate. Los médicos de La Nueva Granada recomendaban su consumo para combatir la jaqueca, el constipado y el dolor de muela y cuando el dolor era demasiado fuerte, ordenaban colocar varias bolitas sobre la cabeza, sujetadas con un pañuelo. Las damas de la sociedad habían adoptado, dentro de sus buenas maneras de cortesía, invitar a sus amigas a comer dulces, frutas y chocolate.

A partir de 1819, cuando dejó de existir La Nueva Granada y se vino abajo el Imperio Español en América, el chocolate sobrevivió a todos los cambios políticos que surgieron, pues ya era parte de la economía nacional. Los puertos de Guayaquil y Caracas, que fueron los puntos de salida de los mejores cacaos de América hacia España durante los tiempos gloriosos del imperio, continuaron haciéndolo con destino a los mercados de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Volviendo al tema de la receta de preparación del chocolate, no faltaron quienes a manera de hacerlo rendir y obtener mejores ganancias, lo mezclaban con harina, lo cual se conoció con el nombre de "chucula" o "gamuza". Según una fuente familiar, en uno de los departamentos de Colombia, secaban y luego molían para sacar la harina de granos como el frijol, la alverja y el garbanzo, entre otros. Después mezclaban esta harina con el chocolate y con algunas de las especias mencionadas, elaborando de esta manera la "chucula". Por obvias razones, la bebida preparada con esta mezcla era mucho más espesa de lo normal. Para finalizar, es preciso mencionar que el chocolate alcanzó tal nivel de prestigio, que, como dato curioso, hoy al igual hace doscientos años, en Colombia se les llama "cacaos" a los hombres más ricos y poderosos del país.

Fuente:                    El Chocolate bebida sin fronteras en el siglo XIX
                               Aida Martínez Carreño
                               Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango
                               http://www.banrepcultural.org/node/32926



Imágenes:               www.ocioenlinea.com
                              www.esdiario.com.mx
                              www.sociedad.com
                              cupcakelaura.blogspot.com
 



4 comentarios: