Cuando
uno piensa en la palabra chocolate, de inmediato se le viene a la mente la
imagen de un delicioso caramelo elaborado con este ingrediente, el cual puede
estar relleno con algunos trozos de avellana, de algún fruto seco o con una deliciosa
mezcla de dulces sabores en estado líquido. La otra imagen posible es la de una
taza con esta nutritiva y vigorizante bebida, que acompaña los desayunos de
millones de personas alrededor del mundo. Hoy, para el deleite del paladar de
todos nuestros queridos lectores, les traigo una buena parte de la historia de
este producto en su segunda versión: la de la imagen de la taza de chocolate.
El
chocolate en sí es un producto extraído de las semillas del fruto del cacao,
cuyo origen es netamente americano. Es el ingrediente principal de toda una
gama de recetas, que incluyen cremas, postres, malteadas, galletas, helados,
entre otros, que son el deleite de grandes y chicos. Entre la población
infantil es uno de los sabores favoritos, especialmente en los helados y
galletas. Pero quizás, lo que muy poca gente sabe, es que en su estado natural
el chocolate es amargo; muy amargo.
Cuando
los españoles llegaron a conquistar el territorio que hoy conocemos como México
durante el Siglo XVI, se encontraron con un imperio muy poderoso, el de los aztecas,
quienes cultivaban el cacao y su ingrediente primordial hacía parte fundamental
de su gastronomía, todo esto dentro de un ámbito sagrado. Su comercio iba mucho
más allá de sus fronteras, y tanto su cultivo como su consumo, se enmarcaban
dentro de ritos ceremoniales. Su nombre proviene de la voz "nahualtl xocóatl".
El Cacao y sus semillas
Una vez que los conquistadores empezaron a consumir la bebida, notaron sus grandes propiedades
nutricionales y energéticas, dado que sus soldados se mantenían todo el tiempo
en movimiento, a veces casi sin ingerir otra clase de alimento. Esto cautivó
sobremanera su interés por el producto y hacia finales de este siglo, lograron
quitarle al cultivo del cacao y al consumo del chocolate, su carácter ritual o sagrado. Posteriormente, iniciaron a
propagar su cultivo en América, en las regiones tropicales de México y algunos
países de Centroamérica.
La
fórmula de preparación se dio a conocer y Fray Aguilar envió las primeras
plantas a sus colegas de la Congregación del Monasterio de Piedra (Aragón -
España) con el propósito de comenzar a difundir su cultivo y su consumo en
territorio ibérico. Al principio, como era de esperarse, no fue del agrado de
la mayoría, debido a su sabor amargo, por lo cual su uso se limitó a efectos
exclusivamente medicinales. Por aquel tiempo, la Iglesia Católica planteó una
duda moral sobre el consumo de la bebida tras proclamar que podría ir en
contra del ayuno eclesiástico; llegando incluso a sugerir un carácter
pecaminoso. Unos años más tarde, en un convento de Oaxaca (sur de México), a
unas monjas se les ocurrió la
maravillosa idea de echarle azúcar a la bebida. Esta situación, podría decir,
casi sin exagerar, que llegó como una inspiración divina, como un mensaje o
una orden del cosmos, porque transformó absolutamente toda la historia del
chocolate. A partir de este momento, todo el mundo quedó atrapado y encantado
por el aroma y el sabor de la bebida que los aztecas consumían con el más alto
grado de respeto y como tributo a la benevolencia o majestuosidad de sus
dioses.
La fórmula del chocolate
Las semillas del cacao una vez
secas gracias a la energía del sol, debían ser tostadas, luego trituradas y molidas. Esto se realizaba
en medio de dos piedras. La piedra sobre la cual se trituraban los granos, la
calentaban mediante un fuego suave a base de carbones, a manera de brasa, ubicada debajo de la piedra. La otra piedra tenía forma alargada y redondeada, lo cual permitía un
agarre cómodo para las manos. Luego de varias horas de esfuerzo, las semillas
soltaban su producto más preciado, una grasa brillante y espesa, acompañada de
su fuerte olor característico, la cual era mezclada con azúcar y algunas
especias como canela, clavos, nuez moscada y vainilla, según la preferencia de
cada quien. Finalmente la molendera, pues era un trabajo exclusivamente femenino, con sus manos
quemadas por el calor de las piedras calientes y por el gran esfuerzo
realizado, elaboraba con la pasta resultante, las bolitas de chocolate, que por norma
general debían tener cada una un peso de una onza y media. Esta era la proporción
exacta para preparar con una taza de agua, una cantidad igual de chocolate.
Después de secarse las bolitas, eran guardadas en recipientes cerrados para el
consumo diario.
Bolas de chocolate
A principios del Siglo XVII, ya
había sido superada la duda moral y teológica por parte de la Iglesia Católica.
En las colonias españolas, ya no se cultivaba el cacao con fines netamente de
exportación hacia España, sino para su consumo interno. El maravilloso néctar
que España le había regalado al mundo, ya era conocido en toda Europa y los
agentes principales de esta "invasión gastronómica", fueron las congregaciones religiosas.
A partir de 1728, cuando Felipe V vendió la fórmula de su preparación, las
chocolaterías se expandieron por el mundo.
Por aquel entonces en las colonias españolas su consumo era general. Las familias más adineradas, conservaban las bolas de chocolate en refinados cofres de nogal y tomaban la bebida en delicadas tazas de porcelana, mientras que los más pobres la consumían servida en sencillos tazones de barro vidriado. Los viajeros llevaban en sus alforjas bolitas de chocolate. Los médicos de La Nueva Granada recomendaban su consumo para combatir la jaqueca, el constipado y el dolor de muela y cuando el dolor era demasiado fuerte, ordenaban colocar varias bolitas sobre la cabeza, sujetadas con un pañuelo. Las damas de la sociedad habían adoptado, dentro de sus buenas maneras de cortesía, invitar a sus amigas a comer dulces, frutas y chocolate.
Por aquel entonces en las colonias españolas su consumo era general. Las familias más adineradas, conservaban las bolas de chocolate en refinados cofres de nogal y tomaban la bebida en delicadas tazas de porcelana, mientras que los más pobres la consumían servida en sencillos tazones de barro vidriado. Los viajeros llevaban en sus alforjas bolitas de chocolate. Los médicos de La Nueva Granada recomendaban su consumo para combatir la jaqueca, el constipado y el dolor de muela y cuando el dolor era demasiado fuerte, ordenaban colocar varias bolitas sobre la cabeza, sujetadas con un pañuelo. Las damas de la sociedad habían adoptado, dentro de sus buenas maneras de cortesía, invitar a sus amigas a comer dulces, frutas y chocolate.
A partir de 1819, cuando dejó de
existir La Nueva Granada y se vino abajo el Imperio Español en América, el chocolate sobrevivió a todos los cambios
políticos que surgieron, pues ya era parte de la economía nacional. Los puertos de Guayaquil
y Caracas, que fueron los puntos de salida de los mejores cacaos de América
hacia España durante los tiempos gloriosos del imperio, continuaron haciéndolo
con destino a los mercados de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.
Volviendo al tema de la receta de preparación del chocolate, no faltaron quienes a manera de hacerlo rendir y obtener mejores ganancias, lo mezclaban con harina, lo cual se conoció con el nombre de "chucula" o "gamuza". Según una fuente familiar, en uno de los departamentos de Colombia, secaban y luego molían para sacar la harina de granos como el frijol, la alverja y el garbanzo, entre otros. Después mezclaban esta harina con el chocolate y con algunas de las especias mencionadas, elaborando de esta manera la "chucula". Por obvias razones, la bebida preparada con esta mezcla era mucho más espesa de lo normal. Para finalizar, es preciso mencionar que el chocolate alcanzó tal nivel de prestigio, que, como dato curioso, hoy al igual hace doscientos años, en Colombia se les llama "cacaos" a los hombres más ricos y poderosos del país.
Fuente: El Chocolate bebida sin
fronteras en el siglo XIX
Aida Martínez
Carreño
Biblioteca
Virtual Luis Ángel Arango

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Delicioso artículo
ResponderEliminarMe alegra que lo hayas disfrutado
ResponderEliminarEspectacular, ¡me encantó!.
ResponderEliminarMuy emotivo tu comentario Marianita. Gracias.
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