Seguro que más de uno, en alguna ocasión, se ha sentido invadido por unos perversos instintos asesinos, como los que narra Agatha Christie en sus relatos. Hoy, para ponernos en contacto con nuestro lado más oscuro, nos trasladaremos en el tiempo hasta 1888, que fue cuando aconteció en Fuencarral (Madrid) uno de los sucesos más conocidos de todos los tiempos, y a raíz del cual surgieron frases como: “es más conocido que el crimen de Fuencarral”
Alrededor de las dos y media de la madrugada del día 2 de julio se oyeron unos gritos escalofriantes que provenían del piso 2º izquierda del nº 109 de la calle de Fuencarral (actualmente no existe este número sino que pasa del 107 al 111 directamente, como dato curioso). Al mismo tiempo, salía por uno de los cinco balcones de la fachada del edificio, un humo denso y negruzco, con un olor a petróleo y carne quemada tan intenso que alertó a los vecinos. El humo aún era apreciable cuando se personó el Juez y al acceder a la vivienda, se descubrió, en la alcoba principal, el cuerpo sin vida de una mujer. Estaba tumbada en el suelo, al pie de la cama, boca arriba y presentaba quemaduras en la mayor parte de su anatomía. Pese a los daños que produjo el fuego en el cuerpo, se podía distinguir que, junto al pecho izquierdo, había manchas de sangre; indicios claros de apuñalamiento. En la habitación contigua yacían en el suelo, teóricamente narcotizados, un bulldog y la criada, Higinia Balaguer, que aparecía con la falda subida hasta la cintura.
El cadáver, aún sin identificar, de la alcoba se encontraba descalzo. Sobre él se había arrojado aceites, grasa y trapos. El suelo estaba lleno de cristales rotos, restos de una lámpara y una liga de color rojo. Sin embargo, en el resto de la habitación reinaba una limpieza absoluta. Con la ayuda de los porteros de la finca, se procedió a la identificación de la muerta. Resultó ser Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, una mujer acomodada con un carácter irascible y a la que las criadas le duraban poco tiempo.
El Juez esperó a que la criada volviera en sí y luego, desconfiado por la extraña situación, la llevó junto al cadáver de Luciana y allí le pidió que explicara los hechos. Higinia adujo que no recordaba nada de lo ocurrido; tan sólo que la noche anterior, cuando regresó a casa, la señora estaba con un caballero y le ordenaron que se retirase. El juez le preguntó entonces si su señora tenía familia a lo que Higinia contestó afirmativamente: tenía un hijo ,aunque la sirvienta desconocía su nombre.
A la vez que la sirvienta era interrogada, en la calle comenzaban a alzarse las voces de los vecinos que señalaban como culpable al hijo de la difunta: José Vázquez-Varela, un joven de veintitrés años, rubio, de boca grande y labios carnosos, también conocido como “Varelita” o “El Pollo Varela”. El chico era "una buena pieza que pedía dinero a su madre día sí, día también". Si su madre se lo negaba, Varelita amenazaba con quemarla viva. Tenía antecedentes por lesiones y amenazas a su madre, a quien una vez llegó a apuñalar en un glúteo. Pero en esta ocasión, tenía una buena coartada: en el momento del crimen, estaba cumpliendo condena en la cárcel Modelo por el robo de una capa. ¿Cómo pudo entonces matar a su madre? Pues muy sencillo; El Pollo Varela entraba y salía de la cárcel a su antojo.
Por aquellos tiempos, el director de la cárcel Modelo, era, ni más ni menos que José Millán Astray, bajo su tutela estaba Varelita. En el pasado de Astray pesaba un expediente por supuestas irregularidades cometidas en su destino anterior. Casualmente, Higinia Balaguer le había servido antes de colocarse en casa de Doña Lucina.
La criada fue detenida como sospechosa y Astray solicitó al juez que rompiera el régimen de incomunicación para poder visitarla y, según sus palabras, convencerla de que dijese la verdad del asunto.
Al parecer, Astray aconsejó a Higinia que confesara: declarándose culpable sólo la culparían por un homicidio que por otro lado alguien había intentado disimular con el incendio. Dispuesta a salvar el cuello, solicitó ampliar la confesión: Explicó al Juez que había roto un jarrón, que quiso pagarlo de su sueldo pero que la señora no aceptó. Antes bien, la cubrió de insultos y amenas. Entonces Higinia, ofuscada, la mató con un cuchillo de cocina que tenía a mano. Al verse perdida, provocó el incendio para tapar las huellas del crimen, para lo que utilizó combustibles, petróleo, grasa, papeles, trapos y cuanto halló a mano.
¿Era posible un plan criminal en el que los actores fueran Higinia, el hijo de la difunta y el director de la prisión? Esta era la sospecha de la gran mayoría de los periódicos, que gracias al enigma de la situación, multiplicaron sus ventas.
La criada hizo más de veinte declaraciones diferentes y contradictorias. Más tarde, quiso cambiar de nuevo su declaración. Con un gran dominio de la escena, conmovida y llorosa, confesó que sustrajo un rollo de papeles envueltos en un pañuelo, ignorando que los papeles eran en realidad billetes que formaban la cantidad de 92.000 reales. Declaró que esa misma tarde, le entregó el bulto a su amiga, Dolores Ávila.
Higinia tenía la intención de convencer a Dolores para que devolviese lo que ella le había entregado. El Juez y el Fiscal facultaron a Astray para que fuese en busca de la tal Dolores. Cuando dio con ella, la condujo a la cárcel de mujeres para que Higinia puediese hablar con su amiga a solas, tal como había solicitado. Por supuesto, todo fue totalmente irregular, ya que el Juez no debería haber levantado la incomunicación de la presa hasta que no se hubieran llevado a cabo las diligencias previas.
Tras la entrevista con Dolores, Higinia manifestó al Juez que deseaba ampliar su indagatoria y aseguró que todo lo declarado anteriormente era falso. Refirió, a continuación, como se había llevado a cabo realmente el crimen. Acusó al hijo de Doña Luciana y a los dos amigos que lo acompañaron, Evaristo Medero y Enrique Lossa: Varelita se quedó con ella en la cocina, mientras los dos cómplices asesinaban a su madre. A ella le dieron mil pesetas para que no dijera nada. Añadió que Astray la había colocado en casa de Luciana con un propósito: él, en complicidad con Varelita, tenía la intención de robar a Doña Luciana. Para ello, Astray dejó salir a Varelita de la cárcel y la criada debía franquearle la entrada. Las palabras que Higinia Balaguer dijo al Juez fueron, exactamente: "El señorito mató a su madre y el Sr. Millán lo planeó. Yo iba a ser pagada generosamente por dejarle entrar en la casa”.
Con tantas contradicciones era imposible saber la verdad, pero el Juez acabó procesando a Dolores Ávila, y, ante los indicios que señalaban a Astray, lo interrogaron y finalmente fue procesado.
Un funcionario de la cárcel donde estaba Varela declaró haber escuchado cómo el preso le contaba a otro compañero que había matado a su madre para poder hacerse con la jugosa herencia. Tras treinta y ocho días, el sumario, de tres gruesos volúmenes, se dio por terminado. Se mantenía el procesamiento contra Higinia Balaguer, Vázquez Varela, Millán Astray y Dolores Ávila, y comenzó el juicio oral donde, por primera vez se usó la llamada “acción popular”.
Un funcionario de la cárcel donde estaba Varela declaró haber escuchado cómo el preso le contaba a otro compañero que había matado a su madre para poder hacerse con la jugosa herencia. Tras treinta y ocho días, el sumario, de tres gruesos volúmenes, se dio por terminado. Se mantenía el procesamiento contra Higinia Balaguer, Vázquez Varela, Millán Astray y Dolores Ávila, y comenzó el juicio oral donde, por primera vez se usó la llamada “acción popular”.
La sentencia se dictó el 29 de mayo de 1889; por el delito de incendio a la criada le cayeron 18 años de reclusión... pero, por el de robo con homicidio, Higinia fue condenada a la pena de muerte. A Dolores Ávila, por complicidad en el homicidio, la condenaron a 18 años también de cárcel. A Varela y a Astray se les absolvió por falta de pruebas concluyentes.
La opinión popular era que Higinia era el “chivo expiatorio” al que iban a ejecutar para salvar a Varela y Astray. Por eso, los abogados intentaron retrasar la revisión del proceso. Se solicitó una exhumación del cadáver para practicar una segunda autopsia pero fue denegada por el Tribunal. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid, que decretaba “Garrote Vil” para Higinia Balaguer Ostalé. Ella fue la última ajusticiada públicamente en el Estado Español.
Cuando se supo la sentencia, la gente se echó a la calle. Hubo alteraciones del orden público, los estudiantes apedrearon el Ministerio de Justicia e incluso se solicitó el indulto para Higinia. Todo fue en vano. El Consejo de Ministros rechazó la petición y la sentencia siguió su curso. Hasta la reina regente, que quiso ejercer su derecho de Gracia, fue disuadida.
El día 18, Higinia fue trasladada a la Cárcel Modelo y encerrada en la celda de los condenados a muerte. El patíbulo estaba ya preparado en el patio de la cárcel. Las 04:00 de la madrugada era la hora fijada para la ejecución. Higinia se confesó, reiterando una vez más su inocencia y luego le concedió el perdón, entre lágrimas, al verdugo que lo solicitaba siguiendo la tradición. Las inmediaciones de la cárcel estaban abarrotadas de gente. Una centena de Guardias Civiles mantenían el orden. La condenada subió al patíbulo, la colocaron en la silla del garrote, y la ataron por las muñecas y tobillos. Después colocaron el torniquete... el verdugo le puso un pañuelo tapándole los ojos... e Higinia Balaguer gritó las que serían sus últimas palabras: "¡Dolores, catorce mil duros!"
¿Dónde fueron a parar los 14.000 duros? Nunca se llegó a saber. Lo curioso de este caso ha sido siempre el aura de misterio que lo ha rodeado, pues no llegó a conocerse al cien por cien la verdad. Fue todo un enigma, tanto la preparación del crimen, como el robo y su realización.
El día 18, Higinia fue trasladada a la Cárcel Modelo y encerrada en la celda de los condenados a muerte. El patíbulo estaba ya preparado en el patio de la cárcel. Las 04:00 de la madrugada era la hora fijada para la ejecución. Higinia se confesó, reiterando una vez más su inocencia y luego le concedió el perdón, entre lágrimas, al verdugo que lo solicitaba siguiendo la tradición. Las inmediaciones de la cárcel estaban abarrotadas de gente. Una centena de Guardias Civiles mantenían el orden. La condenada subió al patíbulo, la colocaron en la silla del garrote, y la ataron por las muñecas y tobillos. Después colocaron el torniquete... el verdugo le puso un pañuelo tapándole los ojos... e Higinia Balaguer gritó las que serían sus últimas palabras: "¡Dolores, catorce mil duros!"
¿Dónde fueron a parar los 14.000 duros? Nunca se llegó a saber. Lo curioso de este caso ha sido siempre el aura de misterio que lo ha rodeado, pues no llegó a conocerse al cien por cien la verdad. Fue todo un enigma, tanto la preparación del crimen, como el robo y su realización.
Fuentes:


Muy interesante para todos los que nos atraen los casos que tienen a sus espaldas crímenes sin resolver, y por extensión aquellos que da forma a la novela negra. Muy interesantes también las aportaciones y referencias que acompañan a un marco tan adecuado y romántico como es el centro de Madrid. Un saludo!
ResponderEliminarMuchas gracias por el comentario. Y me alegro de que te guste, al fin y al cabo todos tenemos un lado oscuro. ¡Un saludo!
Eliminar¡Muchas gracias! ¡Me alegro de que os haya gustado!
ResponderEliminarEl tema del crimen nos despierta a todos un interés especial ;)